jueves, 30 de junio de 2022

Te llamaré Tristeza



«Tal vez las palabras sean lo único que existe en el enorme vacío de los siglos. (...) Yo misma me he recetado veinte minutos diarios frente al mar». 
Te llamaré Tristeza, Miguel Sánchez Robles. 

Mis palabras son puras conjeturas. 

¿Cómo contaremos nuestra vida cuando lleguen sus últimos momentos? ¿Qué instantes resaltaremos y cómo los veremos cuando entendamos que es el final? Quizás los rescataremos como peces en un lago, como flores en un prado recogidas para crear un extraño ramo, como retazos de un cuento con las páginas rotas. Los contaremos sin orden cronológico, solo recobrados por la emoción que surgió, por lo felices que nos hicieron, por lo que aprendimos, por lo que nos marcó. Quizás, solo quizás, así nos ha contado Tristeza su historia: a pedazos, a emoción, a golpe de vida recordada.  

«Entonces me acuerdo de estas palabras que subrayé en un libro: "Hay montones de gente ciega en el mundo. Te casarás con un amable ciego algún día"».

«Leer a Cioran hace que me guste más la vida. Hace que me dé cuenta de la poesía que hay a veces en este mundo hipócrita y absurdo en el que me ha tocado vivir».

En los días en los que he leído este libro alrededor de 37 personas morían a manos de los que les tenían que proteger en Melilla, seres humanos que querían escapar de la guerra y del hambre; en San Antonio, Texas, 53 personas morían asfixiadas en un tráiler con el que buscaban un futuro mejor. En la semana que ha trascurrido durante su lectura seguramente 77 personas habrán logrado su final debido a la primera causa de muerte no natural en nuestro país: el suicidio. Mientras leía esta obra de arte he pensado muchas veces si Tristeza era un personaje metafórico, si era posible que representase la pesadumbre que nos asola a muchos ante las injusticias y las barbaries que se cometen en nuestro mundo. Tristeza sufre de una serena lucidez con la que analiza lo que ocurre en su vida y a su alrededor y se hace (y nos hace) conscientes de la hipocresía imperante, de lo perdido que está este mundo.

«Mamá sabe que si no existiesen los libros, yo no podría vivir o no sabría vivir o no querría vivir, por eso me mira ahí tan preocupada».

«Me he salvado de algo leyendo todo eso y, cuando abro un libro, siento siempre esa gratitud que me ayuda a soportar la existencia y a soportarme a mí misma».

«Me gusta leer, caer por ese precipicio de lo terrible y de la verdad. Creo que no he hecho otra cosa en mi vida».

«Los libros consiguen que mi alma esté más tranquila y más llena, y las palabras que subrayo en ellos son las miguitas de pan que sirven para no perderme en el mundo».



De las cosas más «absurdas» que he hecho en mi vida como lectora ha sido subrayar y marcar este libro, porque habría que subrayarlo entero, palabra por palabra. Su narración es preciosa, hermosa, poética... Tristeza desprende amor y pasión por los libros, una pasión que solo entendemos los que la sufrimos. Yo misma no entendería mi vida sin libros, yo misma podría decir que si no existiesen los libros no podría vivir; también podría contar que me he salvado de algo leyendo, de muchas cosas, los libros me han tendido la mano en los momentos más oscuros; los libros me sanan, me calman, me llenan y las palabras de Te llamaré Tristeza serán miguitas que me sirvan para no perderme en el mundo. 

Tristeza podríamos ser cualquiera, pero no cualquiera se expresa como ella, vive como ella, siente como ella. Experimenta el alcoholismo de su padre, la pobreza, la enfermedad de su madre, su caída al infierno de la prostitución, el amor y la vida tranquila y disfrutada, la pérdida, la injusticia de los otros, el dolor por el sufrimiento del mundo. Y, sin embargo, es capaz de buscar un ángel, de rescatar la belleza de lo pequeño, de lo cotidiano, de las palabras, y del mar infinito...

«Esa mañana el mar no tiene arrugas. Está liso y calmado. He venido sola y lo miro tratando de entenderlo. Creo que el mar hay que entenderlo como si fuese un libro o un misterio».
«La mayoría está hechizada por el optimismo del mar y lo mira como quien se sube a una montaña para tratar de atisbar ese otro mar y esa otra tierra que hay más allá de todos nuestros sueños».

1 de enero de 2021. Matalascañas, Huelva.


Llegué a este libro gracias a la recomendación de otro escritor al que admiro mucho, es decir, del boca a boca que tanto necesitan las editoriales independientes y muchos de nuestros autores. Me parece increíble que si no fuese por aquella reseña seguramente continuaría sin conocer este libro ni a su autor (aunque no tengo dudas de que, de alguna manera, tarde o temprano, hubiese llegado a mis manos), y es injusto que a muchos de los lectores que amamos la literatura de verdad no nos lleguen libros como este, libros especiales, literatura con mayúsculas. 

En mi opinión esta obra es un «templo» en el que adentrarnos y reflexionar sobre la existencia que llevamos, sobre las cualidades del mundo en el que vivimos y sobre la belleza de la literatura que nos sacude, que nos emociona y que nos cala. Es un libro para leer y releer y dejar que nos ahogue en su océano de verdad y honestidad. 

«¿Quién narra?¿Es Dios quien narra todo esto?¿Quién narra las estrellas? ¿Quién narra los desiertos?¿Quién cojones narra? Ahí estoy respondiendo que todos los libros están escritos por una misma mano, que en realidad los libros buenos, esenciales, no los escriben los hombres, sino que están dictados por una voz sublime que es de verdad quien narra».

No sé si Dios o un ángel le han susurrado al oído las palabras de este libro a su autor, aunque no importa, está al alcance de muy pocos escribir algo así. Y me digo que debería dejar de reproducir sus fragmentos porque no pararía; mejor te invito, lector/a, a que leas a Miguel Sánchez Robles, no lo dejes para otro día, no habrás leído nunca nada que se le parezca. 

Mis palabras han sido puras hipótesis desprendidas de lo que su lectura me ha provocado; no sé si el autor quería transmitir algo similar a lo que yo he querido dejar aquí plasmado, ojalá que sí. Seguramente su lectura te provoque otras cosas, los libros tienen tantas lecturas como lectores, y eso es lo que hace mágico el acto de leer. 

«Son libros llenos de intensidad y pensamientos. Llenos de abismo para descansar del vacío. (...) Creo que no me interesan las ideas pequeñas. Y que la literatura honda y esencial me da un placer que me acerca mucho a la claridad de los misterios».

Agradezco profundamente a Miguel esta literatura honda y esencial, una obra que debe ser eterna. 

Ahora, Cioran. 

PD. Esta obra ha sido galardonada con el XXIV Premio Tiflos de Novela convocado por la ONCE.

viernes, 10 de junio de 2022

Pia Pera: un canto de luz en la oscuridad de la muerte

Foto de María Morales.


«No es cuestión de saber, sino de amar. Yo nada sé y nada puedo demostrar, pero amo».
Aún no se lo he dicho a mi jardín, Pia Pera.

Pia Pera se rodea de su jardín, de sus amigos y de sus libros para adentrarse en el camino hacia la muerte, el último camino. Cuando llegue ese inevitable momento para mí, me gustaría que este libro me acompañase. 

Pia nos regala de forma póstuma sus pensamientos y reflexiones al darse cuenta de que sufre una enfermedad incapacitante y terminal a una edad prematura. Y digo nos regala porque nos invita a reflexionar con ella a través de este canto de amor a la belleza de lo que nos rodea escrito de una forma terriblemente conmovedora y hermosa. Es un auténtico regalo. 

«Cuántos tesoros descubrimos al quedarnos quietos, inactivos, atentos a lo que sucede a nuestro alrededor. (...) Qué bonito es sentir que formamos parte, una ínfima parte, del mundo; y mirar sin más, y entrever el carmín de las dalias (...), mientras una leve brisa nos sopla la cara la semilla plumosa de la alta margarita, entre el lirio y la euforbia, que nadie cortó».

Siempre me ha aterrado la muerte. Quiero decir, me ha paralizado un solo pensamiento sobre ella. Para una persona con hipocondría como yo (y puede llegar a sonar gracioso, pero solo los que la sufrimos sabemos el terror que supone enfrentarse a una prueba médica o a un leve síntoma en ciertos momentos de la vida o simplemente escuchar que a alguien le han diagnosticado una enfermedad; irracional, agotador) tener delante las páginas de un libro que habla de una enfermedad sigilosa y del fin inminente puede ser inimaginable, sin embargo, su lectura ha sido un viaje emocionante, sereno y esclarecedor.

Pia nos cuenta cómo se va dando cuenta de que la enfermedad (esclerosis lateral amiotrófica) avanza  y se debate entre la lucha por encontrar respuestas y tratamientos, y el deseo de vivir una existencia tranquila y apacible rodeada de su jardín, un jardín que es involuntario coprotagonista de esta historia. Pia se pregunta qué pasará con él cuando ella ya no pueda cuidarlo, igual que qué pasa con los seres que queremos cuando dejamos de respirar.

«Quizá, cuando se trata de morir, el jardinero deja de ser jardinero. El escritor deja de ser escritor. Quizá, cuando se trata de morir, tomamos conciencia de que somos indefinidos. (...) Indefinido, inmerso en el infinito, parte del infinito. ¿Cómo era? ¿La gota que vuelve a unirse con el océano? Una gota harto reacia a perder su envoltorio».

Este no es un libro de heroicidades, aunque su sinceridad, en este mundo plagado de falsedad, es ya de por sí heroica; Pia se muestra humilde y temerosa ante lo que le ocurre, deja filtrarse entre sus palabras sus debilidades y miedos. Se muestra preocupada por lo que dejó de disfrutar, por lo que no hizo en base a ideas que tilda de ingenuas; sin embargo, llega a la certeza de que nada de eso importa, ya no importa lo que es imposible cambiar. Solo importa la vida y la belleza que puede disfrutar en ese momento. La escritora y jardinera nunca perdió la esperanza de una cura, buscando en todos los rincones del planeta la voz y la posibilidad que le dieran la opción de vivir un poco más, de dejar atrás la enfermedad que estaba debilitando todas sus facultades. 

«Ya no soy la jardinera. (...) Empiezo a parecerme cada vez más a una planta de la que hay que cuidar; me convierto en hermana de todo lo que vive en el jardín, en parte de esta materia ilimitada cuyos límites y profundidades ignoro». 

Qué hermoso pensamiento. Llegar al final de tu vida y sentir que te confundes con lo que más has amado. Quizás un consuelo, quizás una ilusión, quizás la mayor de las certezas.

Pia se rodea de sus flores, de la brisa olorosa de su jardín, de sus seres queridos, de su perro y de la literatura. Ella lee y relee a sus autores favoritos encontrando palabras que la hacen reflexionar y nos invita a hacerlo con ella, como con este poema de Vita Sackville-West, Abril:

Prefiero confiar y creer
a cavarme una tumba en vida.
Aunque he de morir, lo único que sé
es que seguiré cantando con pasión y con fe,
que creeré en abril mientras viva.
Yo creeré en la primavera.


Hace un año María se nos iba. María, que amaba la literatura, nos narraba con su propia voz cómo se iba acercando a su fin. Escucharla fue una de las experiencias más hermosamente dolorosas que he podido vivir.  Ella (siempre alegre, serena, luchadora, amiga) enfrentó sus últimos días como mensajera de su amor por la vida. Cuando falleció, ya en el mes de julio, su cuñado me dijo algo así: «Se ha marchado dejándonos a todos llenos de paz, plenos». No he podido evitar leer este libro pensando en ella. Ella, siempre valiente, ya en cama me animaba ante (ahora lo sé) mis pequeños desafíos, me decía que nada importaba salvo las personas a las que amas, ese amor que a veces se nos olvida, pero que es lo único que merece la pena. Sé que María, que también escribía, hubiera disfrutado mucho con la emoción y la verdad que desprenden las palabras de Pia. 

El jardín de Pia./ Errata Naturae.

Pia nos dejó el 16 de julio de 2016; desconozco cómo fue finalmente su fallecimiento, ella que también reflexionó sobre el suicidio, pero es lo de menos; lo de más es que su generosidad hizo que pudiéramos leer este libro que permanecerá, quizás, como faro que nos alumbre y nos haga girar la mirada, porque este libro habla de muerte, de enfermedad, y sufrimiento, pero Pia de lo que más habla es de belleza, como la que ella construyó en Aún no se lo he dicho a mi jardín. 

Aún no se lo he dicho a mi jardín, 
por miedo a que se apoderé de mí.
Aún no me veo con la fuerza
de confesárselo a la Abeja.

Prefiero no hablarlo por la calle, 
para evitar la mirada de los escaparates:
¿cómo tiene la desfachatez de morir
alguien tan tímida, tan ignorante?

No pueden enterarse las colinas
por las que tanto deambulé,
tampoco los amados bosques,
del día que me iré.

No lo susurraré en la mesa,
ni dejaré caer, como si nada,
que alguien en el Misterio
se adentrará esta mañana.

Emily Dickinson. Poema nº 50.


Gracias por leerme. 

A mis Marías.