domingo, 23 de agosto de 2020

Goethe en Dachau o cómo sobrevivir al infierno.

 



«Cuando no  uséis los ojos para ver, los usaréis para llorar». Jean Paul. 

Hay libros que son más que un libro; sirven para mucho más que para desconectar, reírte, emocionarte o resolver un crimen. Nico Rost quiso que sus vivencias en el campo de concentración de Dachau no quedaran en el olvido, pero él no se dedicó a escribir exclusivamente sobre el dolor, la muerte o la incompresión hacia los nazis; él, sobre todo, intentó sobrevivir gracias a la literatura y el arte.

11 de febrero: He vuelto a constatar lo bueno que es leer y escribir tanto como sea posible. Quien habla del hambre, acaba teniendo mucha hambre. Y los que hablan, más que de otro tema, de la muerte, son los primeros que mueren. Vitamina L (literatura) y F (futuro) me parecen las mejores provisiones. 

Nico Rost (Groninga, Países Bajos, 1896- Ámsterdam, 1967) fue un escritor y periodista comprometido con la lucha antifascista. Debido a sus publicaciones, a su pertenencia a la resistencia, a su amistad y simpatía por el comunismo, fue apresado en 1943 y llevado al campo de Sheveningen, para, seis meses después, ser trasladado a Dachau, donde permanecería hasta finales de abril de 1945, fecha de la liberación del campo por los soldados de Estados Unidos. Para saber más sobre el autor podéis pinchar aquí.

Nico Rost (no conozco el autor de la imagen)

Lo grandísimo de este diario es que plasma cómo intenta superar lo que vive, lo que ocurre a su alrededor a través de los libros. Él y sus compañeros hacen reuniones para hablar de otros escritores, para tocar música e incluso para dar ponencias sobre autores relevantes de la época y discutir sobre ellos. 

4 de marzo: Como ahora muchos de mis amigos están enfermos y precisan de mi ayuda, no me da para leer, pero me niego -sobre todo en estos días- a hablar de tifus, de piojos, de hambre y de frío.

9 de marzo: No permitiré que la muerte que a cada día y a cada hora nos pisa los talones, domine mis pensamientos.(...) Quiero y he de esforzarme todavía a obligarme a leer, y cuando no se pueda, a marcarme una tarea cada día. 

Me impresiona de Nico su serenidad, cómo se agarra a la literatura para no regodearse en la muerte, en la variedad de formas de morir al segundo siguiente en el campo de Dachau.

Este campo fue uno de los primeros que construyeron los nazis y se usaba para probar algunas de las medidas o experimentos de exterminio que luego se trasladaban a otros lugares, era como el campo que servía de «modelo» a los demás. Estuvo abierto desde 1933 a 1945. El propio Rost en su epílogo habla de que allí murieron más de 235.000 personas asesinadas o víctimas del tifus, de hambre, del hacinamiento, de la desesperación... Aquí también estuvo encarcelado mi admirado Viktor Frankl, además de otros grandes intelectuales, religiosos y príncipes europeos. 

En Goethe en Dachau, además de hablar de literatura, se desprende la maravillosa necesidad que tenía Rost de unificar criterios con otras personas que pensasen diferente, que tuvieran distintas ideas a las suyas; se esfuerza, en incontables ocasiones, en hacer planes para después, como una llama que le sirvió para mantener la esperanza en el futuro. No se permitía caer en el desánimo, sabiéndose afortunado por permanecer en la enfermería y disfrutar de algunas condiciones mejores a otros compañeros de lager. Pero cuando la muerte de muchos amigos se encadenó, cuando sus fuerzas flaquearon, cuando se sintió enfermo o vio cercano el final, él siguió aferrándose a los libros. Bajo bombardeos, alarmas antiaéreas o en las horas de insomnio previas a la liberación (sin saber si los nazis los asesinarían a todos), él escribía, él leía, él se dejaba acunar y consolar por su amor a la literatura. 

1 de abril: ¿Literatura, incluso frente a la muerte? ¿Y por qué no?

29 de abril: Increíble, con los ojos llenos de esperanzas y expectativas (...) contemplamos esta pequeña bandera blanca, que ni tan siquiera está especialmente limpia, que ondea y chasquea por la violencia del viento, como una bandera como esa ha de ondear...

Rost vuelve a Dachau diez años después de su liberación... Y sufre una gran decepción; en el pueblo hay pocas referencias a lo ocurrido, parece que no hay el reconocimiento que se merecen las personas que allí murieron o resistieron. En el campo viven refugiados; la barraca 30, donde todos sus ocupantes murieron una y otra vez de tifus, está ocupada por una escuela. Según él  mismo deja dicho: «Se pisotea la verdad histórica día tras día, hora tras hora».

Sin embargo, gracias a su esfuerzo y el de otros reclusos supervivientes, Dachau recoge en la actualidad un museo conmemorativo puesto en marcha en 1965. No podemos ni debemos olvidar las cosas que allí ocurrieron, además de reconocer la heroicidad de las muchas personas que atravesaron la senda del infierno en alguno de ellos. Sus vidas no pueden quedar en el olvido. 

Agradezco infinitamente a la editorial Contraescritura la edición de esta joya histórica. Es un libro que conmueve, agita y deja un poso emocional indescriptible; debería leerse en los institutos para crear mentes abiertas, tolerantes, respetuosas con los demás independientemente de sus opiniones. Es un libro que todos deberíamos leer por sus valores, por su legado y su testimonio, porque un hombre se esforzó bajo el manto de la muerte en dejarlo por escrito para que llegara a nuestras manos. Nico Rost nos recuerda que incluso en las peores condiciones siempre hay alguien al que puedes ayudar, que siempre hay algo a lo que agarrarse en las más crueles circunstancias, y que la mente nos pertenece, que nosotros podemos elegir ser libres, que podemos leer y escribir aunque haya una alarma antiaérea, o te resuenen las tripas de hambre, u oigas el lamento de los enfermos, o incluso ante un virus para el que aún no hay vacuna... Es un libro que debemos tener con nosotros por amor, esperanza... y por justicia. 

19 de septiembre: ¿Una fuga a la literatura? No puedo analizarlo exactamente así, pero algo sí que sé: que mediante la literatura jamás olvido la realidad. De ello se ocupa bien ella misma...

5 de marzo: Hoy me he dado cuenta de que, en cierto sentido, soy más libre aquí, en Dachau... de lo que he sido nunca. ¡Libre de todo miedo a la muerte!

Gracias, Nico, estés donde estés.

P.D.

En junio de 2002, hace ya muchos años, pude visitar el campo de Mauthausen (Austria); una experiencia conmovedora e impactante de la que os dejo algunas imágenes hechas con mi pequeña cámara de entonces. Tenía 25 años pero esta visita de un par de horas dejó una huella imborrable en mí. 

Llegando a Mauthausen
Llegando a Mauthausen


Las barracas


Monumento a los republicanos; «Que el mundo entero se recuerde de este crimen,
para que no se produzca jamás».

Llegando al pueblo.

viernes, 7 de agosto de 2020

Resistencia.




—Bonjour, ma cherie!

Ese verano nadie podía ver por completo mi cara de asombro. Carmen hablaba francés un millón de veces mejor que mi propia profesora (cosa que a mí me parecía imposible) y aquello me fascinaba. Yo tenía preparadas algunas frases para cuando la veía, pero me quedaba embobada escuchando su voz y ninguna palabra era capaz de articularse en mi boca.

Aquel verano de 2020 volvimos a Ronda, aunque la idea no era esa; cambio de planes como les pasó a otros. Tenía ocho años y podría recordar muchas cosas negras o grises que ocurrieron, pero entre mis padres y Carmen hicieron que mis recuerdos fueran diferentes... hasta que ocurrió aquello.

De todas las veces que fuimos a ese camping la que más nítidamente evoco es esa, la última. Todo era diferente, el mundo había cambiado, pero recuerdo con intensidad los sonidos de los pájaros que mi madre intentaba imitar haciéndonos saltar a carcajadas, los juegos en la piscina con mi padre que hacían que no solo yo fuera una niña; si cierro los ojos puedo oler los aromas de los árboles que rodeaban nuestra casita y, con un poco de esfuerzo, consigo rememorar el sabor de las frambuesas recién recogidas.  Recuerdo la dulce voz de Carmen contándome historias sobre Antibes, enmarcándolas en campos violetas y saboreándolas con 365 tipos de quesos. Nos tumbábamos debajo del gran roble que daba sombra al porche y, mientras el sol se escabullía entre las ramas, nos transportábamos en el aire.

Regresé mucho tiempo después. Carmen me agarró de la mano al entrar al camping cinco años más tarde, cuando por fin pudimos volver a salir al exterior tras la segunda oleada del virus y las que vinieron... La naturaleza había fagocitado las construcciones de madera, los espacios humanos, y había convertido nuestro lugar de vacaciones en su santuario. Cerré los ojos al llegar a nuestra casa bajo el roble, que seguía allí como testigo del paso de la destrucción y la enfermedad. Entonces, el aire me hizo llegar la voz de mi madre imitando a los pájaros, la risa de mi padre… Pero también escuché sus toses, sus llantos calientes, un «a nosotros no», y su grito: «¡Carmen, llevátela!».

—On y va, cherie?

Secó mis lágrimas, me abrazó. Su mano volvió a sujetar la mía, gestos recuperados con timidez del baúl de las cosas relegadas con la pandemia.

Carmen condujo cientos de kilómetros con una sonrisa en los labios y un brillo húmedo en los ojos. Camino a Antibes paramos en un recodo de la carretera. Había un pequeño monumento, una estatua en la que una mujer abrazaba a unas niñas.

—¿Qué es, Carmen?

—La Résistance… Un homenaje a las mujeres que resistieron a la guerra, a las luchadoras… Y ahora, también, tu monumento, ya eres parte de la «Resistencia».

Carmen giró su rostro y, solo al divisar los campos violetas que se extendían más allá del perfil del cielo, dejó escapar una lágrima.


viernes, 29 de mayo de 2020

Nos han robado los abrazos



Autor desconocido.


«Dónde se va ese abrazo si no llegas nunca a darlo». Víctor Manuel.



Nos han robado los abrazos, nos están robando los afectos, los consuelos, los apoyos... Solo nos quedan las palabras, que ahora me resultan insuficientes... Por eso hoy denuncio que me han robado a manos llenas y lo peor es que no he sido capaz de defenderme. El ladrón ha sido sigiloso pero no por eso menos dañino, cruel y voraz.

Nos engañan diciéndonos que los guardemos (juntos con los besos) para cuando acabe la pandemia. ¿Qué absurdo engaño es ese? Los abrazos no volverán porque no hay uno igual a otro. Los abrazos son momentos exactos, son ese instante preciso, esa ola que se acerca y se aleja, y es justo ese momento, ese abrazo, el perfecto, el adecuado en esa ocasión, es ese y no otro, y esos se han perdido, nos los han negado. 

Me han robado los abrazos que debería haberle dado a D. junto con mis llantos. D. la amiga, la compañera perfecta, la mujer discreta y trabajadora, mi apoyo, mi confidente, azotada por una crueldad de la cual desearía que pudiera despertarse y, junto con ella, todos los que la queremos. No me alcanzan las palabras para expresarle mi apoyo, mi pena... No hay letras que sustituyan los abrazos que se merece, ni las lágrimas que tendría que haber llorado a su lado. No sirven ni los emoticonos, ni los audios, ni nada de los sucedáneos que nos venden... Yo quiero abrazarla y decirle al oído que aprenderá a vivir de nuevo, que volverá a sonreír y que yo estaré a su lado. No sabe que no se me va de la cabeza y que ojalá pudiera hacer algo por paliar su pérdida. Te quiero tanto, amiga, solo puedo escribir y esperar al abrazo, que será diferente pero será nuestro y fuerte, como tú, D. 

Me han negado los abrazos que se merece M. M. es preciosa por dentro y por fuera, un ejemplo de amiga y compañera. Compartimos tantas cosas: nuestro amor por la lectura, por la escritura, por las conchas de mar, incluso nuestro acento y origen. M. tiene una actitud ante la vida que me ha enseñado muchas cosas... Sé que esa visión la va a ayudar a superar su pesadilla personal; parece que era poco una pandemia para ella que la vida le ha traído otra prueba gigantesca. Sé que ella, con sus preciosos rizos que parecen dibujados con pastel, va a superarlo, que dentro de poco volverá a bailar, a escribir, y a disfrutar de la vida como ella sabe. Y nos veremos pronto, y hablaremos de todo y de nada, y te recordaré que somos compañeras pero también amigas, y que estoy a tu lado en este camino y siempre. 

Han desaparecido los abrazos que tendría que haberles dado a L. y a J. Cuántas veces los hemos pospuesto... No están las visitas permitidas, estamos en cuarentena, no nos dejan salir, está muy débil, mejor cuando esté más fuerte,... L. y J., esos padres que, como ninguno de nosotros, no se habrían imaginado lo que podrían aguantar por un hijo. ¡Cuánto esperamos ese reencuentro! ¡Qué ganas de que todo pase! ¡De ver a los niños jugar y de que todos les observemos tranquilos! Llegará ese día, estoy segura. Os queremos mucho, y os abrazaremos con todo el amor que os merecéis.

Me han robado otros muchos abrazos, quizás menos intensos, pero eran míos y los quiero, como el de mi abuela que cumplió 90 años (y que tendríamos que haber celebrado todos en familia) o el de mis padres por mi cumpleaños. Cuánto os echo de menos.

Hoy necesitaba gritar esta denuncia, esta frustración gigantesca por no poder estar al lado de las personas que quiero y que están viviendo un sueño oscuro dentro de esta tragedia que nos asola. Sé que el tiempo es nuestro único aliado para todo, pero ojalá estas palabras, además de llegarles a mis amigos, sirvan para que nos demos cuenta de lo que nos jugamos en esta desescalada; si nos confiamos seguirán robándonos a nuestros seres queridos, y yo tengo tantas ganas de abrazarles... Me niego a que me sigan dejando sin mis momentos, incluso los malos, porque son míos y yo quiero vivirlos al lado de los que quiero.

Cuidaros mucho. 

Dedico especialmente estas palabras a D., a M., y a L., y a todas mis mujeres de mil batallas, mujeres valientes. «No te sientas sola, contigo estoy».





martes, 28 de abril de 2020

Los esenciales.





El Palmar, abril 2019.


«Ficción, porque la realidad es terrible». Anónimo.

Querid@s amig@s:

Ojalá os encontréis bien de salud, al igual que vuestras familias. Es lo más importante.

Os cuento que desde que comenzó el estado de alarma no he vuelto a escribir ficción. El covid-19 también se llevó por delante nuestro taller de escritura y no he sido capaz de volver a imaginar una historia inventada. ¿Sobre qué escribir en un mundo que parece irreal? La vida actual no se parece mucho a la que disfrutábamos hace unas semanas, y no hay manera de que se me ocurra sobre qué escribir que no sea sobre la situación que vivimos, pero no me apetece, me parece que si lo pongo sobre el papel me echaré a llorar y ahora mismo no me siento capaz. Ya llegará el momento, supongo.

Sin embargo, más que nunca, leo, leo todo el tiempo que puedo agarrándome a la ficción que otros sí son capaces de crear o crearon antes de que el mundo cerrara las puertas. Soy una adicta a los libros, a su olor, a sus palabras, a sus historias... Ellos siempre me han ayudado y, en estos días en los que la realidad es tan terrible, los busco más que nunca. 

En estas semanas, he intentado minimizar el tiempo en las redes sociales, sobre todo en Facebook que tengo la impresión de que se está convirtiendo en una extensión de los platós de televisión, de la carnaza, de la crítica,... salvo excepciones, claro. Intento ver la televisión lo imprescindible; por desgracia, tenemos que mantenernos informados, pero en su justa medida. Y ese tiempo fuera de las redes y la televisión también influye en que ya haya leído 18 libros este año.

Por otra parte, soy de las que tengo la gran fortuna de mantener mi puesto de trabajo, y doy las gracias por ello. Así que muchos días, entre otras cosas, me enfrento a la búsqueda de EPIS y otros materiales de protección para mis compañeros y para que nuestros residentes sigan sin conocer al «bicho» de cerca, y no es tan fácil. Ante todo, agradezco la labor de mis compañeros, su vocación, su alegría, su profesionalidad... Mi admiración siempre. 

Por ello, soy también de las «afortunadas» que, de vez en cuando, saluda a la Guardia Civil en el control de turno, que tiene que llevar encima el salvoconducto para certificar que va a trabajar, que tiene que desinfectarse antes de entrar en el trabajo y al llegar a casa, y para la que la mascarilla se ha convertido en un complemento imprescindible. En las primeras jornadas fue impactante salir a esta realidad; día a día me he querido acostumbrar, pero no creo que sea capaz de hacerlo. Aún tengo la esperanza de que, una mañana, al despertar, la pesadilla haya terminado. 

En medio de este panorama desolador, de cifras de infectados y fallecidos que nunca pensé que alcanzaríamos, me agarro a mi pequeña gran familia (qué suerte tengo de tenerles) y a lo que podemos hacer en casa, a disfrutar de lo que tenemos al alcance de la mano para mantener los pensamientos y las emociones a raya... Al fin y al cabo soy terapeuta ocupacional, y reivindico el poder brutal de la ocupación sobre la salud mental en tiempos de pandemia.

Estoy haciendo cosas que nunca me había planteado, por ejemplo bailar zumba (pero de eso no pondré imágenes, jajaja). Gracias a @Karmenfalante (Instagram) mi hija y yo disfrutamos de lunes a jueves de una hora de baile, ritmo (en el caso de Emma, en el mío «des-ritmo») y muchas risas... ¡Qué gustazo!

También he retomado el gusto por los mándalas y así hemos hecho un reto con mi padre y mi hija. Los tres pintamos, votamos y nos ganamos la merienda. Y lo pasamos genial. 

Los fines de semana, a veces, Emma y yo cocinamos dulces, siempre nos ha gustado, pero desde que mi hermana Laura me regaló un kit pastelero lleno de cositas para hacer los pasteles aún más chulis, no paramos de imaginar qué será lo próximo. ¡Gracias, sis!

He encontrado tiempo para hacer un proyecto que tenía en mente. Y es que mi amiga Maca Fernández me regaló, en nuestro último amigo invisible, un cuaderno de lienzos, pero desde que lo vi supe a qué lo dedicaría: a un álbum de fotos del mar, solo del mar (que tanta falta me hace). Y así lo hice, aunque me faltan muchas fotos (en cuanto la vida nos deje imprimiré muchas más). Además de las imágenes he ido escribiendo párrafos de Oceáno mar (Alessandro Baricco) y el resultado me parece que ha quedado súper bonito.

Además, como muchos de nosotros, he probado junto a mi familia, las aplicaciones de llamadas conjuntas, y la verdad es que te hacen sentir más cerca de los tuyos, y te provocan muchas ganas de ir a darles un abrazo. ¡Cuántos nos estamos guardando!

Pero, como os decía, gran parte del tiempo intento leer. Me ayuda muchísimo a no pensar en lo que hay fuera, tras traspasar la puerta de casa. Me ayuda mucho a no «futurizar», tan habitual en mí. Me ayuda a mantenerme cuerda aunque a veces no sea fácil evitar dejarse arrastrar por las malas noticias. 

Gracias a mi amiga Cristina Núñez y su proyecto Emotional Experience, me llegó (como libro viajero)  La pequeña panadería de la isla, de Jenny Colgan.  Desde que lo leí no he dejado de buscar otros libros de esta autora. La pequeña panadería me inundó de sus aromas, de ganas de amasar y, sobre todo, de su preciosa historia. Después de él he leído El camino para llegar hasta mí (regalo de cumple de mi chico) que también me ha encantado y anoche empecé Encuéntrame en el Cupcake café. No es que sea súper literatura digna de un premio Nobel, pero están muy bien escritos y sus historias son tan bonitas, son sus finales felices tan necesarios... que no me puedo resistir. (Y además, suelen venir recetas para probar 😁).


En estas semanas he leído otros libros, entre ellos: Eminencia de Morris West, Más allá del invierno de Isabel Allende, La princesa prometida de William Goldman, y La isla de las mil fuentes de Sarah Lark. Estos son los que más me han gustado y os los recomiendo todos. Algunos de ellos son libros a los que les he quitado el polvo después de mucho tiempo en la estantería y otros que consigo gracias a la labor de mi librera favorita de La Cantina, en mi bonito pueblo, Gerena. 

En fin, los libros, mi familia, la luz que entra por la ventana cada mañana, las cosas que hago con mi hija, las charlas con mi amor, las videollamadas,... Pero también los amigos que se acuerdan de ti en tu cumpleaños pandémico, las amigas que leen poesía como nadie, o las que te hacen regalos incluso en medio de una especie de guerra, los que te preguntan cómo lo llevas, o los compañeros a los que tanto echo de menos... Todos sois mis ESENCIALES, los que me animáis a seguir adelante y a darme cuenta de que mientras nos sintamos unidos no habrá pandemia que pueda con nosotros.

Espero que no os haya aburrido infinitamente, sentía que esto si tenía que ponerlo en palabras, y que queden para el recuerdo de unos tiempos revueltos.

Os envío todo mi calor y cariño, hasta que nos podamos volver a ver.

Cuidaros mucho.

María. 

Gerena, 26 de abril, primer paseo.

PD: Gracias a todos los que nos cuidan y velan por nuestra salud y nuestra seguridad, a los que hacen que el supermercado tenga las estanterías llenas y, en general, a todos los profesionales esenciales a veces olvidados. 
En mi corazón todos los enfermos, los que ya no están con nosotros y sus familias, la cara de esta tragedia que no podemos olvidar.