«¿Y si todo sale bien?».
En estos días de verano no puedo evitar recordar cómo me encontraba el año pasado a estas alturas. Atravesaba una de la peores crisis de ansiedad, depresión e hipocondría que he tenido en mi vida fruto del encadenamiento de varios nefastos acontecimientos. Ayer mismo recordaba, en la misma piscina, lo miserable que me sentía, el dolor físico que mi mente creaba, las veces que tuve que ir al médico pensando que tenía algo mortal e irreversible, el «coñazo» que di a familiares y amigos con mis dolencias y mi mente alocada que no paraba de pensar y mostrarme escenarios catastróficos. Solo el que ha pasado por algo similar sabe lo terrible que es vivir algo así.
No puedo decir que esa experiencia, que no me ha matado, me haya hecho más fuerte (como dice esa frase tan manida), pero gracias a ella he conocido a personas maravillosas que sé que se quedarán conmigo durante mucho tiempo. Una de ellas es mi psicóloga quien me mostró esta frase: ¿Y si todo sale bien? Y yo, cada vez que me hundía en el fango de mis pensamientos, me anclaba a esa frase: ¿Y si todo sale bien? ¿Y si no me voy a morir ahora? ¿Y si no me voy a arruinar? ¿Y si no nos va a faltar de nada? ¿Y si voy a conseguir el trabajo que realmente quiero? ¿La vida que quiero?
Mi psicóloga y otras muchas más personas y herramientas me ayudaron a salir de un pozo muy oscuro, un pozo en el que ya había estado algunas veces antes, y, como la ranita en la nata, lo único que podía hacer era no rendirme y seguir pataleando, seguir buscando anclas, manos, cuerdas para salir de ahí y convertir la nata en mantequilla para poder volver a la superficie.
Un año después debo decir que las cosas, efectivamente, están saliendo bien. Mi familia y yo vamos a pasar el verano en nuestro pueblo gracias a que tengo mucho trabajo, un trabajo que me encanta, y que hace doce meses no hubiera imaginado siquiera. Echaremos de menos poder viajar y conocer otros lugares, claro, pero damos gracias a la vida por poder disfrutar tranquilos de los momentos que estemos juntos. Mi mente está serena y es el mejor regalo del mundo, incluso aunque a veces trastabille un poco.
Hoy doy gracias a todos los que estuvisteis a mi lado, me tuvisteis paciencia cuando no quería más que meter la cabeza bajo el ala y me ayudasteis, algunos incluso sin conocerme, unidos por el sufrimiento que supone un trastorno emocional.
Este verano me quiero guardar (igual que el resto del año) las cosas bonitas que me encuentro, las imágenes sencillas y llenas de hermosura (como la de mi hija lanzándose a la piscina), los ratos con mi marido charlando, las lecturas con el bañador mojado y los rayos de sol colándose entre las ramas de los árboles, la piscina de la amiga con piscina y a la amiga bonita, las cenas improvisadas con nueva familia...
Si algo he aprendido también, y espero que jamás lo olvide, es a quedarme en el momento presente, justo en este instante en el que estoy escribiendo esto cuando no era lo que tenía pensado escribir cuando me senté al ordenador hace media hora. Justo este instante es el que importa, el que existe, donde mi hija está aquí cerquita, donde el aire acondicionado nos hace la tarde más llevadera, es solo este instante preciso en el que vivo (y tú también), no importa nada más si lo pensamos bien.
Cuando me senté hace un rato al ordenador quería contar que últimamente me he encontrado y me han hecho llegar a través de la red cosas preciosas que no quiero que se me pierdan y dejarlas aquí también es una forma de conservarlas a falta de cajón. Voy a imaginar que las guardo en mi caja de recuerdos con mucho cariño, que les pongo un lazo, y las etiqueto con la fecha y una cita: «Cosas bonitas, verano 2022».
La primera de ellas es un vídeo visto en Instagram, en el que, en un programa literario francés, se lee un fragmento del prólogo de El cuaderno dorado de Doris Lessing: pincha aquí. El vídeo está en francés pero os reproduzco su traducción directamente de mi ejemplar, una edición de 1972, al que, confieso, aún no le he hincado el diente:
Solamente hay una manera de leer, que es huronear en bibliotecas y librerías, tomar libros que llamen la atención, leyendo solamente esos, echándolos a un lado cuando aburren, saltándose las partes pesadas y nunca, absolutamente nunca, leer algo por el sentido del deber o porque forme parte de una moda o de un movimiento. Recuerde que el libro que le aburre cuando tiene veinte o treinta años, le abrirá perspectivas cuando llegue a los cuarenta o a los cincuenta, o viceversa. Recuerde que ante todos los libros que se han impreso, hay tantos o más que nunca se han publicado o que nunca han sido escritos, incluso ahora, en esta época de reverencia al papel impreso.
Me parece soberbio y una perfecta definición de cómo debemos disfrutar de la lectura.
También quiero guardar las columnas de la escritora colombiana Sara Jaramillo Klinkert, aunque de ella guardaría todo lo que escribe y os recomiendo leer, sin dudarlo, sus dos novelas: Cómo maté a mi padre y Donde cantan las ballenas. Sara es pura belleza. Esta tarde, en concreto, voy a guardar su columna para el diario El colombiano titulada La miseria del artista. Os dejo su enlace pinchando aquí y os reproduzco un extracto:
(...) pone de manifiesto la paradoja de la creación artística, según la cual el dolor, la incomodidad y la tragedia son el germen de grandes obras que, una vez terminadas y alabadas, servirán de regocijo al artista. El escritor Efraím Medina Reyes lo expresó aún mejor cuando dijo: «El arte es tan tirano que requiere la miseria del artista».
Y, por último, me guardo, con un lazo precioso, este audio relato de Miguel Sánchez Robles. Es una hermosura de principio a fin. Merece mucho la pena dedicarle un ratito de relajación y disfrutarlo. Y si, como yo hasta hace muy poco, no has leído a este autor, por favor, deja lo que estés leyendo y cambia esa circunstancia.
Gracias por leer esta entrada improvisada. Yo seguiré buscando cosas bonitas que guardar, ¿y tú?
¡Feliz verano!

