viernes, 7 de agosto de 2020

Resistencia.




—Bonjour, ma cherie!

Ese verano nadie podía ver por completo mi cara de asombro. Carmen hablaba francés un millón de veces mejor que mi propia profesora (cosa que a mí me parecía imposible) y aquello me fascinaba. Yo tenía preparadas algunas frases para cuando la veía, pero me quedaba embobada escuchando su voz y ninguna palabra era capaz de articularse en mi boca.

Aquel verano de 2020 volvimos a Ronda, aunque la idea no era esa; cambio de planes como les pasó a otros. Tenía ocho años y podría recordar muchas cosas negras o grises que ocurrieron, pero entre mis padres y Carmen hicieron que mis recuerdos fueran diferentes... hasta que ocurrió aquello.

De todas las veces que fuimos a ese camping la que más nítidamente evoco es esa, la última. Todo era diferente, el mundo había cambiado, pero recuerdo con intensidad los sonidos de los pájaros que mi madre intentaba imitar haciéndonos saltar a carcajadas, los juegos en la piscina con mi padre que hacían que no solo yo fuera una niña; si cierro los ojos puedo oler los aromas de los árboles que rodeaban nuestra casita y, con un poco de esfuerzo, consigo rememorar el sabor de las frambuesas recién recogidas.  Recuerdo la dulce voz de Carmen contándome historias sobre Antibes, enmarcándolas en campos violetas y saboreándolas con 365 tipos de quesos. Nos tumbábamos debajo del gran roble que daba sombra al porche y, mientras el sol se escabullía entre las ramas, nos transportábamos en el aire.

Regresé mucho tiempo después. Carmen me agarró de la mano al entrar al camping cinco años más tarde, cuando por fin pudimos volver a salir al exterior tras la segunda oleada del virus y las que vinieron... La naturaleza había fagocitado las construcciones de madera, los espacios humanos, y había convertido nuestro lugar de vacaciones en su santuario. Cerré los ojos al llegar a nuestra casa bajo el roble, que seguía allí como testigo del paso de la destrucción y la enfermedad. Entonces, el aire me hizo llegar la voz de mi madre imitando a los pájaros, la risa de mi padre… Pero también escuché sus toses, sus llantos calientes, un «a nosotros no», y su grito: «¡Carmen, llevátela!».

—On y va, cherie?

Secó mis lágrimas, me abrazó. Su mano volvió a sujetar la mía, gestos recuperados con timidez del baúl de las cosas relegadas con la pandemia.

Carmen condujo cientos de kilómetros con una sonrisa en los labios y un brillo húmedo en los ojos. Camino a Antibes paramos en un recodo de la carretera. Había un pequeño monumento, una estatua en la que una mujer abrazaba a unas niñas.

—¿Qué es, Carmen?

—La Résistance… Un homenaje a las mujeres que resistieron a la guerra, a las luchadoras… Y ahora, también, tu monumento, ya eres parte de la «Resistencia».

Carmen giró su rostro y, solo al divisar los campos violetas que se extendían más allá del perfil del cielo, dejó escapar una lágrima.


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