En los días en los que me muero, recuerdo el día en el que
nací. Era primavera, pero parecía invierno. La lluvia golpeaba la ventana
amortiguando la voz serena de mi madre que me llamaba. Evoco sus suaves
palabras y vuelvo a nacer, a reconfortarme en su abrazo, a ser una niña.
En los días en los que la siguiente respiración será la
última, vuelvo a casa, a buscarla por los pasillos tropezándome con mis juegos.
Me encuentro con su mirada, su piel y su aliento, y comprendo que otro día más
es posible, que la vida es capaz de continuar con ella a mi lado.
En los días en los que la existencia se me agota, vuelo
hacia mi madre y corro tras ella sintiendo la hierba en mis pies desnudos. La
alcanzo en la eternidad, respirando su olor a cebolla fresca, riendo con su
risa, volviendo a sentir mi alma.
En los días en los que me muero, recuerdo el día en el que
nací. Era primavera, y yo no tenía nombre. Quizás sigo sin tenerlo… Sigo siendo
una criatura en el vientre de mi madre, floto en su agua, me acuno en el vaivén
y sé que, cuando quiera nacer, siempre podré volver.
