«Cuando rechazamos la historia única, cuando nos damos cuenta de que nunca hay una sola historia sobre ningún lugar, recuperamos una suerte de paraíso».
Chimamanda Ngozi Adichie.
Hace ya unos cuantos años, mientras estudiaba el Máster de Ayuda Humanitaria, nuestro profesor Carlos Martín Beristain nos propuso un ejercicio. En un lado de la clase nos colocaríamos los alumnos que pensáramos que todas las personas valen lo mismo y, al otro lado, los alumnos que creyéramos que no todas las personas tienen el mismo valor. ¿Dónde te colocarías tú? ¿Dónde me coloqué yo? ¿Todas las personas tenemos el mismo valor? Han pasado unos diecisiete años y puedo decir que, ahora mismo, no me pondría en el mismo lado en el que me situé en aquel momento...
El desgraciado accidente que ha sufrido el pequeño Julen nos ha tenido a todos agitados, inquietos, enfurecidos. Incluso mi hija no ha podido escapar de la vorágine informativa que ha supuesto este triste suceso: lo han comentado en clase, en casa ha estado preguntado por él... Una tragedia difícil de olvidar.
Sin embargo, al mismo tiempo se tiene constancia de que varias embarcaciones con niños a bordo surcaban el mar en el que nos hemos bañado infinidad de veces sin que se permita su rescate. La escritora Lucía Extebarría, que no es santa de mi devoción, explicaba claramente en este artículo este doble rasero o, si se prefiere, esta hipocresía o doble moral.
No debemos creernos una sola historia
En estos momentos vivo con Americanah de Chimamanda Ngozi Adichie siempre cerquita. En esta novela nos relata las vivencias de la joven Ifemelu a su llegada a Estados Unidos procedente de Nigeria... Contemplamos cómo es rechazada hasta llegar a poner en peligro su propia identidad.
Esta autora se ha convertido en una de mis escritoras favoritas, no solo por cómo cuenta lo que cuenta, sino por su labor y empeño en hacernos abrir los ojos. Y es que es muy peligroso creernos y asumir una única historia, una sola perspectiva (la nuestra) y no tener en cuenta otras historias, otras vivencias.
Esta autora se ha convertido en una de mis escritoras favoritas, no solo por cómo cuenta lo que cuenta, sino por su labor y empeño en hacernos abrir los ojos. Y es que es muy peligroso creernos y asumir una única historia, una sola perspectiva (la nuestra) y no tener en cuenta otras historias, otras vivencias.
Contar una sola historia de las cosas, quedarnos con un solo punto de vista, una sola idea de la sociedad o de los seres humanos, nos lleva, irremediablemente, a construir estereotipos, generalizaciones, que no reflejan la realidad e incluso pueden causar rechazo, exclusión y marginación hacia ciertas personas.
Gracias a autoras como Chimamanda o Aminatta Forna (maravillosa su La memoria del amor) podemos conocer otras realidades de nuestra época, podemos mirar y empatizar con sus personajes, y «vivir» su existencia desde el lado que no solemos ver. De esta forma podemos acompañarlas en su misión de dar a conocer otras historias distintas pero que forman parte del mundo que compartimos. Quizás así recordemos que todos los seres humanos tenemos el mismo derecho de vivir en libertad, de buscar un futuro mejor para nuestras familias, de sobrevivir y de ser rescatados de un pozo o del mar. Y luchar para que esto cambie.
En conclusión, os invito a leer a autores de distintas procedencias para conocer diferentes perspectivas del feminismo, de la economía y, en general, de los problemas que nos acucian como humanidad. Recientemente he descubierto a la antillana Maryse Condé gracias a su Corazón que ríe, corazón que llora (delicioso compendio de relatos sobre su infancia y juventud). Y siempre recomendaré a Chinua Achebe, el enorme escritor nigeriano, y su Todo se desmorona, novela que todos deberíamos leer para comprender un poco más la realidad africana antes de la llegada del hombre blanco.
En mis pensamientos el propósito de huir de la «historia única» y que, algún día, todos nos pongamos, y con razón, en el lado del aula donde todas las personas tenemos el mismo valor.

