Aquella mujer leía a cada instante; incluso cuando no estaba
leyendo, leía.
Leía en los recovecos escondidos entre las horas y el
transcurrir de los días.
Leía suspendida del borde de la incertidumbre, enlazada en
los recuerdos de los instantes perdidos o convertida en equilibrista de un
futuro ajeno.
Leía cuando no leía, jugando con su hija, sumergida en el
trabajo inhóspito que la consumía o cuando reflejaba una mirada que hacía
tiempo que no era suya.
Leía sin leer, rasgando la verdura de la cena o seccionando
el pan del desayuno.
Leía cuando lloraba, cuando no podía respirar, cuando dormía
sin dormir, cuando amaba imperturbable o cuando sonreía inconsciente.
Leía para vivir o para morir: intacta, callada, discreta,
invisible.
Leía incluso cuando se perdía en el tumulto de las palabras, entre las
fibras del papel, entre la tinta y el aroma de las hojas.
Leía para volverse a ver, para recuperar su alma, reconocer
sus ojos, sus labios, su voz.
Leía porque solo cuando leía volvía a encontrarse.
