lunes, 11 de febrero de 2019

La mujer que leía




Aquella mujer leía a cada instante; incluso cuando no estaba leyendo, leía.

Leía en los recovecos escondidos entre las horas y el transcurrir de los días.

Leía suspendida del borde de la incertidumbre, enlazada en los recuerdos de los instantes perdidos o convertida en equilibrista de un futuro ajeno.

Leía cuando no leía, jugando con su hija, sumergida en el trabajo inhóspito que la consumía o cuando reflejaba una mirada que hacía tiempo que no era suya.

Leía sin leer, rasgando la verdura de la cena o seccionando el pan del desayuno.

Leía cuando lloraba, cuando no podía respirar, cuando dormía sin dormir, cuando amaba imperturbable o cuando sonreía inconsciente.

Leía para vivir o para morir: intacta, callada, discreta, invisible.

Leía incluso cuando se perdía en el tumulto de las palabras, entre las fibras del papel, entre la tinta y el aroma de las hojas.

Leía para volverse a ver, para recuperar su alma, reconocer sus ojos, sus labios, su voz.

Leía porque solo cuando leía volvía a encontrarse.