viernes, 25 de agosto de 2023

Ya somos el olvido que seremos


(No conozco al autor de la imagen)


Si quieres que tu hijo sea bueno, hazlo feliz, si quieres que sea mejor, hazlo más feliz. Los hacemos felices para que sean buenos y para que luego su bondad aumente su felicidad.
Héctor Abad Gomez. 


Para que deje todo lo que tengo entre manos y me siente a escribir sobre un libro mucho me ha tenido que emocionar, y desde marzo esto no me ocurría. Ahora mismo tendría que estar o estudiando para mi oposición o preparando mi tesina para dar por finalizado el máster, pero voy a usar los siguientes minutos u horas para dejar aquí escrito todo lo que me ha emocionado el libro El olvido que seremos de Héctor Abad Faciolince. 

Será una tontería, pero me encanta que mi ejemplar, además, esté editado en Colombia, la tierra de procedencia del autor de este maravilloso libro y de su padre, Héctor Abad Gómez, porque... ¿qué quieres que te traiga de Bogotá? Libros, muchos libros (y arequipe, claro).

Reconozco que hasta la fecha no había leído nada de Abad Faciolince, que empecé a interesarme por él cuando escuché a otra autora colombiana a la que admiro mucho, Sara Jaramillo, hablar de él, y que supe más de su persona gracias (o por desgracia) al bombardeo que sufrió recientemente en Ucrania, y en donde falleció una de sus colegas ucranianas, entre otras víctimas. Pero nunca es tarde, y gracias a este libro he llegado a su universo literario y vital y aquí quiero quedarme. 

«Casi todo lo que he escrito lo he escrito para alguien que no puede leerme, 
y este mismo libro no es otra cosa que la carta a una sombra».

No tenía ni idea sobre qué iba este libro cuando hice mi lista de deseos colombianos, solo sabía que era el más conocido y admirado de su autor. No sabía que era el homenaje personal de un hijo a un padre, qué hijo y qué padre, qué palabras y qué amor, pero también qué violencia, qué sinrazón, qué pena, qué rabia y qué pérdida. 

Hoy, casualidades de la vida, hace 36 años que la vida de Héctor Abad Gómez terminaba en una calle de Medellín tiroteado por unos cobardes salvajes. Se acababa la vida de un padre amoroso, de un hombre bueno que luchó por frenar las injusticias voraces que devoraban a sus compatriotas, de un hombre valiente, de un ejemplo de ser humano en mayúsculas y haciendo honor a lo que eso significa: SER HUMANO, algo que a muchos se les olvida.


«Cómo células que somos de ese gran cuerpo universal humano, somos sin embargo conscientes de que cada uno de nosotros puede hacer algo por mejorar el mundo en el que vivimos y en el que vivirán los que nos sigan. (...) Saber que estamos contribuyendo a hacer un mundo mejor debe ser la máxima de las aspiraciones humanas».

Muchas cosas son las que impactan de este libro. Principalmente, la figura de defensor de los derechos humanos de Abad Gómez, y la relación con su mujer y sus hijos, y, en concreto, con el autor. Y creo que cuando una historia te llega tanto es porque refleja tus propios valores, incluso tus mismos intereses o a lo que uno aspira en la vida. Aspirar a ser una persona buena y que tus hijos sean felices. Creo que poco más sencillo, pero también poco más honorable y grande hay en esta vida. 

En este libro Abad Faciolince reproduce cartas, discursos, citas de su padre. Tuve dudas de cómo llamar a esta entrada. Podría haberse llamado Cartas de un hijo a su padre, o La página 297, porque es la página que me ha arrancado lágrimas y que no me queda otra que reproducir una pequeña parte aquí:

«En este momento quiero releer esta carta que revela el amor gratuito de un padre por su hijo, ese amor inmerecido que es el que nos ayuda, cuando hemos tenido la suerte de recibirlo, a soportar las peores cosas de la vida, y la vida misma:
(...) Cualquier cosa que tú hagas de aquí en adelante, si escribes o no escribes, si te titulas o no te titulas (...) estará bien; lo que importa es que no vayas a dejar de ser lo que has sido hasta ahora, una persona, que simplemente por el hecho de ser como es se ha ganado el cariño, el respeto, la aceptación, la confianza, el amor, de una gran mayoría de los que te conocen. Qué más da lo que crean de ti, que más da el oropel, para los que sabemos quién eres tú. (...) Lo que queremos nosotros es que tú vivas»

Esta historia chorrea amor en cada resquicio de sus palabras, el amor de un hombre a su familia, a otros seres humanos, a la belleza («amó todas las manifestaciones humanas de la belleza y que fue, al mismo tiempo, espontánea y discreta») y, así, a lo grande: a la vida. Un amor por los demás que le costó la vida, porque son los que aman y defienden a los indefensos, los que luchan por eliminar las injusticias, por ser la voz de los demás, por denunciar los que otros no quieren ver, esos son los que se la juegan de verdad. Así decía el propio Héctor Abad Gómez: «Si me mataran por lo que hago, ¿no sería una muerte hermosa?». 

Héctor Abad Gómez (1921-1987) fue un médico especialista en salud pública, catedrático, ensayista, activista social y por los derechos humanos. Fue pionero en la salud pública en Colombia y un referente en este área en Latinoamerica. Fue asesinado a balazos la tarde del 25 de agosto de 1987 en una calle de Medellín. 

Su hijo invoca a sus lectores en la tarea de evitar el olvido de su padre. Tiene razón en decir que la mayoría de nosotros moriremos y seremos recordados solo unos pocos años en la memoria de otros (ya somos el olvido que seremos), pero esto no pasará ni para el padre ni para el hijo. El autor intenta con El olvido que seremos hacer más perdurable («en un intento desesperado») el recuerdo de su padre («espero tener en ustedes, lectores, unos aliados, unos cómplices, capaces de resonar con las mismas cuerdas en esa caja oscura del alma (...) porque es un homenaje a la memoria y a la vida de un padre ejemplar»). El final de este libro es uno de los más hermosos y emocionantes que he leído en toda mi vida.

Sin ninguna duda este es un libro absolutamente imprescindible que todo el mundo debería leer, y es de los libros que quiero que mi hija lea y conserve (esa herencia emocional que decía un amigo mío), porque si llego a ser tan torpe de no ser capaz de transmitir el mismo amor que este padre transmitía a su hijo, quiero que ella sepa que lo intento, que es en lo que más pongo empeño cada día de mi vida. 

Héctor Abad Gómez moría de una manera atroz y sus familiares llegaron a encontrarle asesinado en la calle. Su único hijo varón, autor de este libro, encontraba en sus bolsillos varios papeles: una fotocopia de la lista de los amenazados de muerte y el poema Epitafio de Borges, copiado de su puño y letra, salpicado de sangre: 

Ya somos el olvido que seremos.
El polvo elemental que nos ignora
y que fue el rojo Adán y que es ahora
todos los hombres y que no veremos.
Ya somos en la tumba las dos fechas
del principio y el término. La caja,
la obscena corrupción y la mortaja, 
los ritos de la muerte y las endechas.
No soy el insensato que se aferra
al mágico sonido de su nombre;
pienso con esperanza en aquel hombre 
que no sabrá que fui sobre la tierra.
Bajo el indiferente azul del cielo
esta meditación es un consuelo.

Tus recuerdos han entrado en armonía conmigo, lo que tú has sentido lo he comprendido y ha sido identificable con algo que yo también he sentido; este olvido será postergado por un instante más gracias a tus letras, Héctor.

3 comentarios:

  1. Maravillosa historia y maravillosa reseña 👏🏼👏🏼👏🏼

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Muchas gracias, querida amiga. Es un libro eterno.

      Eliminar
  2. Qué buen comentario, María. Has captado perfectamente el espíritu del libro, que ha sido tb uno de mis preferidos. Te recomiendo "Salvo el corazón, todo está bien", su última novela

    ResponderEliminar

Aquí puedes escribir tus palabras. ¡Gracias!