Matalascañas, 1 de enero de 2023
«Aquí hay cosas que es mejor no ver, aunque uno las haya visto».
Escrito en la piel del jaguar, de Sara Jaramillo Klinkert.
Hace unos días tuve la magnífica oportunidad de pasar una hora larga conversando con una de mis escritoras favoritas, la colombiana Sara Jaramillo. Este regalo se lo debo a su amabilidad y a Instagram. En 2020 contacté con ella por primera vez a través de esa red social para contarle lo que me había gustado su novela Cómo maté a mi padre. Pensé que no me respondería y, sin embargo, desde entonces hemos estado en comunicación hablando no sólo de literatura. Sara ha estado de gira por nuestro país durante el mes de febrero presentando su última novela Escrito en la piel del jaguar. Recaló unas horas en Sevilla donde no hizo presentación como tal, pero si tuvo que cumplir una maratoniana jornada atendiendo a los medios de comunicación. Al día siguiente quedamos en el hall de su hotel antes de marcharse a Málaga (última escala de su gira española) y nunca olvidaré esa hora y media frente a frente, recostadas en el sofá del hotel, hablando de libros, de editoriales, de fruta tropical y aguacates, de nuestra Colombia querida, de su vida y de la mía.
Por regalos como este sería totalmente mezquina si renegase de las redes sociales porque es obvio que tienen muchos aspectos positivos. Gracias a ellas he podido hablar con algunos de mis escritores favoritos, he podido contactar con personas muy valiosas con los mismos intereses que yo, he podido conocer proyectos muy interesantes, he podido difundir y compartir mi trabajo y mis inquietudes. Gracias a la tecnología he formado parte de proyectos inolvidables y he estrechado lazos con personas a las que aprecio mucho aunque no nos hayamos podido ver en persona. Actualmente, es una de las mejores maneras para hacer llegar un mensaje a mucha gente, difundir ideas que merecen la pena, promocionar tu libro o, simplemente, no sentirse solo... Sin embargo, estamos pagando un precio muy alto.
Hace una semana que no he vuelto a publicar en ninguna red social (salvo Whatsapp). Hace una semana que vengo reflexionando sobre el circo que nos han montado y hemos montado con las redes sociales, y de las que yo misma he formado parte y, sin duda, seguiré formando parte aunque intente alejarme. No sé en qué momento nos vendieron que tener éxito en la vida está relacionado con el número de seguidores que tengas, o la cantidad de "me gusta" que alcancen tus publicaciones. Cuando eres capaz de poner un poco de distancia te das cuenta de la locura que esto supone. Es absolutamente aterrador ver a gente valiosa e inteligente reclamar (en Instagram sobre todo) a sus seguidores por qué sus publicaciones han tenido tan pocas reacciones, a gente pendiente de esta red social para acumular más y más satisfacción por una vía que vende humo, un humo que se escapa entre los dedos.
«El mundo sigue dispuesto a suicidarse tragándose una bola de fuego (...). Muchos duermen porque se han convencido de haber hallado una explicación para lo inconcebible. Se sienten purificados derramando lágrimas ante las fotografías de nuestros niños que sobrevivieron, aunque con una mirada que ya no tiene salvación. (...) Y está convencido de que la vida es demasiado compleja para empezar a señalar culpables; nos faltarían dedos». El café de Bailey, de Gloria Naylor.
La Vanguardia publicó hace unos días un artículo con cifras demoledoras: se producen cuatro tentativas de suicidios diarias en menores de 18 años. En los últimos cinco años se han triplicado las tentativas de suicidio en las chicas debido a que la sociedad impone más presión sobre ellas, algo que las nuevas tecnologías han acentuado. En el artículo se refleja que el uso excesivo de smartphones entre los más jovenes con aplicaciones como Tiktok o Instagram no ha hecho más que acrecentar esta tendencia. Estas cifras tienen nombres y apellidos. (Os dejo aquí el enlace al artículo).
Las redes sociales son el gran circo de nuestro tiempo, la gran distracción, la gran manipulación. En esta era tecnológica estamos más interconectados globalmente y, sin embargo, estamos cada vez más perdidos, más insatisfechos, más deshumanizados. Además, mientras deslizamos el dedo por la pantalla, no somos capaces de mirar a los lados y darnos cuenta de lo que nuestro mundo está viviendo. En 2002, Sylvain Timsit formuló 10 estrategias de manipulación mediática de la que se valen los poderes políticos para manipular a los ciudadanos. La primera de ellas es la "distracción": desviar la atención del público de los asuntos importantes e impedir que éste se interese por conocimientos esenciales. Una forma de distraernos es inundando los medios de comunicación de noticias banales, o menos relevantes para el progreso. Así, los individuos terminan por dejarse llevar por lo que les ofrecen los medios y dejan de cuestionarse por qué no se emite una determinada información y terminan olvidándose de los verdaderos problemas sociales. A veces pienso que vivimos en una distopía y no somos conscientes de ello.
Este es el motivo que encuentro a por qué no salimos a la calle a protestar ante lo que ocurre en este mundo. Vivimos distraídos, vivimos manipulados.
«La gente no se sienta a esperar la muerte. Si Europa pusiera un poco de su parte, habría lugar para todos». Otra vida por vivir, Theodor Kallifatides.
En 2000 ACNUR (el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados) cumplía 50 años y lo hacía con una cifra de desplazados que daba escalofríos: cerca de 25 millones de personas vivían fuera de sus hogares. Era una cifra histórica consecuencia de las guerras en África (Ruanda, Sierra Leona) y los Balcanes. En 2003 muchos salíamos a la calle para protestar por la invasión de Estados Unidos en Irak. Recuerdo perfectamente la que estuvimos presentes en la puerta del Sol. Era imposible acceder a la plaza de la gente que había, muchos estuvimos apretados en los accesos aledaños.
20 años más tarde apenas hay una manifestación por este motivo. Y, sin embargo, vivimos una auténtica debacle humanitaria. A las guerras ya olvidadas (Siria, RD del Congo, Etiopía, etc.) se unen las consecuencias del cambio climático y la guerra en Ucrania que acaba de cumplir un año, sumando 103 millones de personas desplazadas de sus hogares. Esta cifra nos debería sacudir y hacer que nos levantásemos en masa. Nos debería doler en el alma. Pero estamos distraídos y lo único que hacemos es deslizar el dedo por la pantalla.
Reconozco que muchas veces yo también cierro los ojos. Cierro los ojos para sobrevivir, porque a veces es mejor no ver lo que veo. Reconozco que muchas veces me distraigo conscientemente para no hundirme en la tristeza y poder seguir adelante. Me distraigo con la lectura, con la escritura o con el mar en invierno. Me distraigo con mi hija y con mi marido, con mis amigos y con mi familia. Me distraigo para seguir pensando que no me tengo que distraer, que no quiero distraerme.
En su precioso libro Otra vida por vivir Theodor Kallifatides reflexiona sobre el mundo que le rodea y la importancia de su proceso creativo. «¿Por qué pesaba tanto en mi vida la escritura? Diría que era semejante a lo que me pasaba durante las guardias en el servicio militar. Yo asumía una responsabilidad y tenía cierto poder.Y lo hacía sin preguntar a nadie y sin que nadie pudiera impedírmelo. Quizá esa fuera, finalmente, la importancia de la escritura. La responsabilidad por mi mundo».
Quizás escriba esto por esa responsabilidad con mi mundo, o quizás para desahogarme y aliviar mi desazón y mi frustración, o para que mi hija algún día lo lea y sepa que hay que intentar mirar más allá de lo que tenemos delante, o para bailar con el viento. Quién sabe.

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