«¿Qué nos perdemos cuando nos negamos? La vida».
Ayer fui a ver La bola negra por segunda vez. Son tantos los detalles, las lecturas, los mensajes que cuando salí del cine el primer domingo después de su estreno, sentí la imperiosa necesidad de volver a verla lo antes posible (no recuerdo ninguna otra ocasión en que me haya pasado esto). Anoche, de nuevo con mi hija al lado, volví a sentarme frente a ella. La disfruté mucho más que la primera vez, la entendí mucho mejor y me conmovió profundamente. Ahora sí "la he visto" y, por supuesto, volvería a verla, en una sala de cine, en una tercera ocasión.
Ayer encajaron todas las piezas, mi entendimiento se zarandeó por completo y en el rostro de Sebastián, cuando ve llegar las tropas nacionales a Madrid, me vi reflejada. Estoy segura de que recordaría en ese momento la pregunta de Rafael: "¿Te has creído toda esa propaganda?". Y es que, aunque la primera vez el personaje de Guitarricadelafuente no me terminó de llegar, anoche fue el completo protagonista. Fueron sus miradas, sus expresiones, su amor, su darse cuenta de la manipulación que sufre, su "a mí me dieron un fusil", su "qué cosa más tonta", su torpe lectura de un poema que no entiende para luego entenderlo todo, su salir corriendo por la playa, sus manos que acarician sin acariciar, o su vuelta a Madrid para cumplir un deseo que no era el suyo, pero que al final da sentido a todo.
Volvería a verla también para disfrutar de nuevo de la soberbia actuación de un chaval andaluz que, en su primera vez delante de una cámara, lo borda; volvería a verla para meterme dentro de una seguirilla y observarle desde un rincón cómo se vacía bailando; volvería a verla para quedarme detrás de él mientras ve caer las bolas negras, para chivarle que no hay que negarse a uno mismo y para decirle que gracias a su actuacion a mí también "se me han olvidado todas las palabras". Maravilloso Milo Quifes.
Volvería a verla porque me encantan las historias de amor, porque me emociono cuando es el amor el protagonista, cuando es el amor el que hace avanzar a los personajes, cuando es este el que hace que luchen, convirtiéndose en uno de los pilares de la historia. Y es que el amor (en su más amplia acepción) es lo que proporciona sentido a la existencia humana.
Volvería a verla y volvería a desear, con todas mis fuerzas, que Rafael sobreviviera (impecable Miguel Bernardeau).
Volvería a verla porque volvería a aplaudir a esta obra de arte que visibiliza las historias que no se contaron, las que se debieron ocultar, las que aún hoy siguen siendo marcadas con una bola negra. Porque aún hoy ser gay no está bien visto, porque seguimos mirando dos veces, porque llevamos en el ADN la discriminación al que se sale de lo que parece ser normativo y qué hartura de ver a tanto machote en el cine...
Volvería a verla para enamorarne una y otra vez de la belleza de esta película, de su luz, de su música y de su patente amor por el arte. El arte de Federico también, ese arte inmortal que seguirá vivo generación tras generación, igual que pasará, a partir de ahora, con La bola negra.
Quiero volver a verla para recordar las veces que hagan falta la manipulación que sufrimos los ciudadanos una y otra vez a lo largo de los siglos. Pasó en la Guerra Civil y siempre y en cada una de las guerras. Los de arriba, los narcisistas egocéntricos que nos gobiernan, manipulan a las masas para enfrentarnos y empuñar un fusil, un fusil real o figurado, un fusil basado en el miedo. Como antes, como ahora, como siempre.
Por ello, esta película, sin ser un panfleto, es tan necesaria, para hablar de ello, para hablar de lo que está pasando, para comprendernos a través del arte, del cine, de la literatura, de las historias, al fin y al cabo. Para acercarnos a través de la emoción, para empatizar, para humanizarnos, para vernos.
Somos herederos de un pasado que no debería estar repitiéndose, ojalá La bola negra pueda ayudar a entendernos.
«Tú nunca entenderás lo que te quiero /
porque duermes en mí y estás
dormido /
yo te oculto llorando, perseguido /
por una voz de penetrante
acero».
Arte en el estado más puro.
Belleza absoluta.
Gracias, Javi Calvo y Javi Ambrossi.
Por supuesto, claro que volvería a verla.




