viernes, 20 de agosto de 2021

Sin más amigos que las montañas

Behrouz Boochani.
(Desconozco al autor/a).

«La literatura puede provocar el cambio, desafiar a las estructuras de poder y hacernos más libres. Las palabras son más poderosas que las vallas de la prisión». 
Behrouz Boochani. 

Una vez conocí a una familia kurda irakí. Hace ya muchos años (unos 22) cuando trabajaba como voluntaria en el centro de acogida de demandantes de asilo en Francia (lo sé, lo he contado muchas veces). Recuerdo que el padre de familia nos imponía mucho. Era militar en su país y tenía tal chorro de voz que los primeros días tras su llegada, mientras esperábamos a que el traductor nos tradujera lo que decía, se nos encogían las tripas si nos señalaba o pronunciaba nuestro nombre; ahora me rio porque una de las veces en las que mi nombre salió de su boca era para invitarme a mí y a mis compañeros a una fiesta de cumpleaños. Al poco tiempo descubrimos su gran creatividad organizando juegos para sus tres hijos y los demás niños que vivían en el centro y, sobre todo, su gran afán para proteger a su familia y encontrar una vida mejor, libre y donde fueran respetados sus derechos. Ellos lo lograron. 

Después de tantos años y tantos conflictos sobre la faz de la Tierra podríamos pensar que deberíamos haber evolucionado como humanidad y sociedad, que, como seres humanos inteligentes, a parte de mejorar en número de aplicaciones y redes sociales, deberíamos ser capaces de proteger los derechos de todos los individuos, de resolver los conflictos de manera diplomática, de vivir en sintonía entre culturas y con nuestro planeta. Sí, soy consciente: "I have a dream". 

Behrouz Boochani tuvo que escapar en 2013 de Irán por temor a ser encarcelado como sus compañeros por su actividad periodística y la defensa de la cultura e identidad kurda. En busca de una vida en libertad puso rumbo a Australia. No sin penalidades, logró alcanzar el mar hacia a aquel país en un barco que finalmente naufragó; rescatado por las autoridades acabó encarcelado sin cargos por cuenta de una política migratoria que él mismo califica de fascista. 

Boochani pasó seis años privado de libertad y de cualquier derecho fundamental en la prisión (otros términos eufemísticos no tienen cabida aquí) en la isla de Manus junto con muchos otros hombres en su misma situación. Australia rompió así con cualquier tratado y/o convención en defensa de los derechos y libertades de las personas. En su libro relata las vivencias, las penalidades, la deshumanización a la que eran sometidos, con un lenguaje cargado de emoción pasando de la prosa al poema, de la realidad a la ensoñación, de la introspección al relato objetivo de unos hechos vergonzosos y crueles. 

«La sublevación de Behrouz Boochani tomó otra forma. Lo único que sus carceleros no podían destruir en él era su fe en las palabras: su belleza, su necesidad, su posibilidad, su fuerza liberadora». 
Richard Flanagan.

En ese contexto, Behrouz consiguió, no sin una gigantesca dificultad, escribir Sin más amigos que las montañas (No friend but the mountains, 2018) a través de miles de mensajes de WhatsApp y sms enviados a su traductor y otros amigos. Este es un libro que tod@s deberíamos leer para conocer lo que pasó y pasa en estas islas lejanas y tomar parte en ello, porque no podemos leerlo y quedar impasibles. 

Su lectura me ha recordado mucho a uno de mis libros favoritos: El hombre en busca de sentido de Viktor Frankl. Behrouz también busca el sentido a su situación, busca la soledad para reflexionar, para trasladarse con sus pensamientos a otros momentos de su vida y volar a sus montañas... 

«Soy un águila.
Vuelo sobre las tierras de las montañas.
Ningún océano a la vista.
La presencia de mi madre.
Ella siempre está presente».

«¿Tienen los kurdos más amigos que las montañas?».

Para mí ha sido imposible evitar las comparaciones entre la situación de Frankl y Boochani; quizás a alguien pueda parecerle exagerado, pero, salvando algunas distancias, tienen demasiadas similitudes para separarles más de setenta años: ambos privados de su libertad por su origen, reducidos a un número, sin posibilidad de defensa, sin opción de cubrir sus necesidades básicas, en ambientes absolutamente insalubres, bajo políticas que querían aniquilar su identidad y equipararles a una piedra sin alma. Ambos, y muchos más, se revelaron contra ello con su actitud, con las palabras, con su búsqueda de la belleza... 

«Me he convencido de que lo que haya de ser, será, y ahora soy lo suficientemente fuerte para aceptar lo que venga. (...) No puedo sino aceptar la realidad».

(Foto CBC)

«Al menos me alegro de que mi nueva habitación esté cerca de las vallas que están frente a la jungla, y de que haya un pequeño jardín con flores de colores típicas de la zona tropical a pocos metros detrás de mi habitación; compensan la violencia de la prisión».

Boochani con su libro ha querido dejar testimonio de su experiencia, ha querido que a través de las palabras sepamos los horrores de la tortura sistemática del sistema de detención. Este es su objetivo principal. Sin embargo, en mi opinión, este libro es mucho más: es un grito al absurdo de las fronteras, de la intolerancia, y también una alabanza y muestra de respeto a las personas que no permiten que se les exprima la esencia humana en medio del entorno más atroz, que siguen siendo bondadosos y generosos, que alegran a los demás y son creativos y valientes... Que no permiten ser destruidos. 

«"Humanos que cuidan de los humanos, y no humanos que se enfrentan a humanos". Os invito a saludar esta buena nueva».

«No obstante la mente tiene el poder de abandonar la prisión e imaginar el frescor de la sombra de un grupo de árboles del otro lado de las vallas. Hasta se puede sentir la agradable y fresca temperatura».

También, para mí, es un ejemplo de cómo enfrentar lo que la vida nos depara, un ejemplo de fortaleza mental, de actitud ante la tragedia y lo que no podemos cambiar. Una muestra de vida con sentido en medio del sinsentido. Es difícil expresar mi agradecimiento y admiración por ello.

En 2019 Boochani recibió el Premio Literario Premier de Victoria, el de mayor dotación en Australia (¡viva la ironía!), premio que no pudo recoger puesto que aún se encontraba en Manus esperando a que su situación se solucionara, a pesar de que la prisión había sido clausurada en 2017. 

En 2020 Nueva Zelanda reconoció como refugiado a Boochani, siete años después de su salida de Irán. 

Agradezco profundamente a Behrouz Boochani su ejemplo de vida y su valentía haciéndonos llegar su testimonio; las palabras tienen el poder de cambiar las cosas, las mentalidades, de hacer este mundo un poquito más tolerante. Historias así son las que debemos difundir, no historias de odio, de discriminación. Debemos ser «humanos cuidando de humanos»

Gracias a la editorial Rayo Verde que con gran esfuerzo publicó en septiembre de 2020 este libro en castellano a través de un proyecto de micromecenazgo (gracias a todos los mecenas, por supuesto).

Al final os dejo enlaces de entrevistas y más información sobre Behrouz y lo que ocurrió en Manus y en otras islas. Os agradezco mucho haber llegado hasta aquí. Leed este libro, reflexionad conmigo y luchemos, como cada uno pueda, por los derechos de los refugiados y la igualdad de las personas en todo el mundo. Gracias. 💗 

«La vida siempre es mucho más que la guerra (...).
Para mí, la vida siempre emerge de la devastación.
Para mí, la vida siempre emerge de las bellezas escondidas en la devastación (...).
La vida queda expuesta como un libro abierto (...).
El destino se limita a seguir adelante como un latido; la luz del mundo aparece como un milagro, como una explosión que al final se enfría».


PARA AMPLIAR INFORMACIÓN:


* Boochani TEDx Sydney. Conferencia «Escribir es un acto de resistencia». En inglés.



* Boochani libre. Vídeo en inglés.



* Discurso al recibir el premio. En inglés.



* Una gran reseña: 



* Más información:



lunes, 1 de marzo de 2021

Mujeres que compran flores.


Entrada a El Jardín del Ángel. 
(Desconozco el autor de la foto)



«Lo único que nos aparta de la felicidad es el miedo al cambio». 
Mujeres que compran flores, de Vanessa Monfort. 

Como decimos los lectores: «Cada libro tiene su momento», y este me ha llegado en el «MO-MEN-TA-ZO», este es justo el libro que necesitaba tener en mis manos para que llenase mi mente de pensamientos positivos, de ideas retadoras, de fuerza para afrontar los cambios y saber que estos son inevitables y muchas veces necesarios para sacarnos de esa «cómoda» zona de confort a la que nos agarramos aunque nos esté chupando la sangre cual vampiro. 

«Todo pasa. El mar nunca se detiene. Siempre está en movimiento, como la vida. Y hay que seguir reaccionando a ella. Siempre alerta. Siempre en movimiento».

Esta es la historia de cinco mujeres que compran flores y la florista de El Jardín del Ángel, la floristería más antigua de Madrid, en el barrio de las Letras... Y que yo no conocía, he de reconocerlo, pero pondré remedio a esta situación en cuanto mis pies vuelvan a pisar mi ciudad. 

Vanessa Monfort (autora que hasta la fecha tampoco había leído) narra de una forma bellísima cómo estas mujeres (Marina, Casandra, Gala, Aurora y Victoria) se encuentran bajo el olivo centenario de la floristería rodeadas de la influencia poderosa de Olivia (la dueña de El Jardín del Ángel) y sus flores, cuyos mensajes deberán aprender a descifrar. Cada una de ellas llega en un momento crucial de su vida: vidas estancadas, vidas grises, vidas que se encuentran en la rueda de ratón a la que a veces nos vemos abocados, vidas infelices, vidas que no son vidas. 

«Cuando algo nos golpea duro en la vida y nos saca de nuestro estado de confort, todo es nuevo lo quieras o no, y la persona que eres es reescribible. ¿Tú sabes la ventaja que tienes?».

Sin lugar a dudas, a veces los golpes que nos da la vida son muy duros, durísimos, pero yo he aprendido una cosa: que a pesar de ellos, de la dureza, los he traspasado, los he experimentado y he seguido viva, he seguido respirando, comiendo, durmiendo, abrazando a mi hija y a mi chico, hablando con mis padres... He seguido adelante. Ese párrafo anterior lo he leído varias veces, lo he subrayado, y marcado con una pegatina, y es que sí: sea por las buenas o por las malas, salir del estado de confort nos abre a otras muchas posibilidades y podemos reescribir lo que tenemos por delante, aunque muchas veces no sea fácil, aunque haya que enfrentar muchos miedos, aunque haya que tomar decisiones que nos dan vértigo, pero es la «oportunidad» que nos da la vida la que debemos aprovechar. 

«Hay un momento en la vida de cada persona en que esta recibe la oportunidad de hacer un cambio radical de 180 grados. Una única y gran oportunidad para crecer. La plenitud. El gran punto de giro de tu historia vital. Y claro, hay personas que lo aprovechan y otras que no».

Sí, este era el momento de leer este libro. Además me ha trasportado a mi ciudad favorita, a la ciudad en la que nací y estudié, la ciudad que me encanta pasear. Esta pandemia me ha robado esos paseos; uno de los últimos, casualmente fue por el barrio de las Letras junto con mis padres y mi hija en el verano de 2019, el último verano antes de la expansión del virus. Acabamos allí cruzando el centro de la ciudad desde la plaza de Chueca, llegando a Alcalá, saludando a los leones del Palacio de las Cortes, rezando al Cristo de Medinaceli y volviendo a Sol por las calles donde vivieron Lope de Vega y Cervantes, donde está El Jardín del Ángel, y yo no lo sabía. Uno de los paseos más bonitos que recuerdo.

Calle Alcalá.

Este libro también me ha descubierto la historia de la singular floristería donde está contextualizada la narración. Como decía, hasta casi el final del libro, no me dio por averiguar si era un lugar real, ¡y tanto que lo era! ¡Qué ignorancia la mía! Esta floristería es la más antigua de Madrid y tiene una curiosa historia; situada en el antiguo cementerio de la iglesia de San Sebastián, comenzó su camino en 1889, como un sencillo puesto de flores. En ella se encuentra el olivo más antiguo de Madrid (procedente de Jaén según he leído). En su momento estuvieron enterrados los restos de Ventura Rodriguez y Lope de Vega, hasta que parece ser que Carlos III decidió sacarlos de allí. 

Investigando sobre ella, me llevé la desagradable sorpresa que, debido a desavenencias de los propietarios con su «casero», el párroco de la iglesia, la floristería debió cerrar sus puertas en otoño de 2019. Sin embargo, para mi alegría y la de los moradores del barrio más literario de la ciudad, reabrió de nuevo en 2020. 




A veces hay libros tan reconfortantes y sanadores como este. No son libros de la manida «autoayuda», pero te identificas tanto con lo que sus personajes viven que te hacen sentir lo que ellos sienten, de ahí la fortaleza de la literatura, su poder para recomponer las piezas, para entender tu propia vida. Por eso para mí ha sido una sesión de «biblioterapia», porque he podido entender muchas cosas, me ha hecho reflexionar mucho, y sobre todo me ha ayudado a comprender que la fortaleza para conseguir lo que busco esta en mí. 

«Reclamábamos nuestro derecho a no tomarnos la vida tan en serio. Porque cada día estamos más cerca la muerte (...). Hay que aprender a bailar sobre un cementerio. A hacer brotar flores sobre los muertos. A aceptar el fracaso porque el fracaso no existe. Solo existe el fin de las cosas. (...) No nos enseñan que a veces el único fracaso es la inercia de hacerlas continuar».


No puedo terminar esta entrada, sin hablar de la personita preciosa que me recomendó este libro, y lo emocionante es que, cuando me habló de él, ninguna de las dos sabíamos lo importante y trascendental del momento en el que me embarcaría en su lectura. Mi amiga Cristina es maravillosa, es dulce, es generosa, es sensible, y aunque aún no nos hayamos visto en persona, es una de las amigas que más cerca siento. Es una presencia inestimable en mi vida, y le agradezco enormemente el apoyo que siempre me da. No es que me envíe un libro o sus preciosas creaciones de artesanía, es que me llega su cariño a raudales desde ese mar que tanto añoro. 

«NO DEJES DE SOÑAR».

Gracias, Cris, por hacerme soñar. Esta entrada es toda para ti. Te la dedico, con la esperanza de que pronto podamos abrazarnos. No dejemos nunca de soñar. 

Gracias, amig@ lector/a por haberme leído. Espero que si no has leído este libro lo hagas seas hombre o mujer, porque no hay libros para mujeres u hombres, hay buena o mala literatura y esta es excelente. 

Gracias Vanessa Monfort por esta joya, por emocionarme tanto que es difícil de explicar. Te seguiré leyendo. 

PD. Os dejo algunos enlaces sobre esta preciosa floristería.

Su historia aquí. 

Su nueva apertura aquí. 

El Jardín del Ángel. Foto: JM Cadenas.

martes, 19 de enero de 2021

Antes de los años terribles


Foto: Ana Palacios

«Piensa en el después, sobrevive al ahora para curarte mañana. Promete que los campos que arden reverdecerán, que los muertos serán sustituidos por los vivos y los gritos por las risas». 

Antes de los años terribles de Víctor del Árbol.


En mi bautizo literario de Víctor del Árbol no he podido empezar mejor. Antes de los años terribles es una novela terrible, sí, sí, tal cual: terrible pero inolvidable. Nos adentra en una realidad que poco se habla para lo cruel que es, y toca varios temas que siempre me han interesado: los niños soldados, la persecución de los albinos en varios países de África, y la reconstrucción vital tras sufrir tales traumas. 

Sin embargo, leer literatura así, tan honesta, real y necesaria, es lo que más me gusta aunque parezca contradictorio. Es la literatura que mueve, conmueve, y transforma conciencias. Es la literatura que da voz a los que se la han quitado, la que refleja y se adentra en las vidas de personas que sufren la crueldad más aberrante e incomprensible, el rechazo, los estigmas... Retrata la maldad humana que no tiene calificativos ni límites y que nos debería hacer recapacitar como seres humanos, como sociedad y como humanidad. 

A través de sus protagonistas el autor nos habla del conflicto de Uganda en los años 90, conflicto que robó muchas infancias a niños y niñas usados como armas y objetos sexuales. También nos acerca a la persecución que sufrieron y sufren las personas albinas en muchos países africanos. Los albinos han sido tomados o como seres malignos o como amuletos atrayentes de poder, riqueza, etc. en ambas situaciones teniendo como resultado su persecución para mutilarles o asesinarles. 

Víctor del Árbol nos relata la vida de Isaías Yoweri desde su feliz infancia, pasando por los años terribles, la reconstrucción de su vida en España y lo que vino después tras un reencuentro desafortunado. El autor nos conduce del presente al pasado de una forma magistral, llena de detalles, que nos hacen empatizar con los personajes que viven sucesos que seguramente hayan sido tal cual Victor nos los cuenta. 

Este libro sirve para recordar lo que pasó, pero no podemos olvidar que sigue pasando. A día de hoy, a miles de niños y niñas se les sigue negando su infancia, se las han robado en medio de conflictos olvidados, y lo peor es que seguirá sucediendo porque la ambición humana no conoce fronteras, porque seguimos sin ver al otro como un igual, porque el dinero y el poder lo destruyen todo... Porque no nos levantamos a gritar ante las injusticias, porque no vemos (o no queremos ver) lo que no nos cuentan los medios de comunicación, ignoramos lo que pasa en otras partes del mundo... Por eso este tipo de libros son tan necesarios.


Niños soldados entregando sus armas en 2015. Sudán.
Foto UNICEF. 

Creo que es imprescindible leer Antes de los años terribles, pero también es esencial no quedarnos únicamente en su lectura: debemos dar entre todos visibilidad a los conflictos olvidados, debemos apoyar a los que están sobre el terreno denunciando lo que ocurre, debemos ayudar a sensibilizar a la sociedad sobre los niños soldados y las personas albinas en África, tenemos que denunciar las injusticias aquí y allá, porque al final todos formamos parte de este planeta. Necesitamos comprender las vidas que arrastran otras personas y su derecho a recuperarlas, entenderíamos mejor por qué una persona se sube a una patera, por qué lucha hasta el final por encontrar un poco de paz y un futuro... Como cualquiera de nosotros.

Con este libro he descubierto a un autor que ya se queda conmigo, que volveré a leer en breve y al que agradezco enormemente esta novela tan realista, los libros así son los que cambian mentalidades y transforman vidas. Imprescindible, magnífico, inolvidable. Gracias, Victor.

<<Nuestra memoria serán los otros; ellos construirán el relato de lo que fuimos. Luego llegará el viento y el olvido. Como si no hubiéramos existido>>.

Y, sin embargo, estuvimos aquí.


👉 Os dejo algunos enlaces que os pueden interesar:

📌Enlaces sobre el albinismo: aquí y aquí.  

📌Enlace sobre los niños soldados en Uganda aquí. 

📌Entrevista a Víctor del Árbol sobre Antes de los años terribles aquí. 

📌Qué pasó con los niños soldados secuestrados por Josef Kony aquí. 


domingo, 23 de agosto de 2020

Goethe en Dachau o cómo sobrevivir al infierno.

 



«Cuando no  uséis los ojos para ver, los usaréis para llorar». Jean Paul. 

Hay libros que son más que un libro; sirven para mucho más que para desconectar, reírte, emocionarte o resolver un crimen. Nico Rost quiso que sus vivencias en el campo de concentración de Dachau no quedaran en el olvido, pero él no se dedicó a escribir exclusivamente sobre el dolor, la muerte o la incompresión hacia los nazis; él, sobre todo, intentó sobrevivir gracias a la literatura y el arte.

11 de febrero: He vuelto a constatar lo bueno que es leer y escribir tanto como sea posible. Quien habla del hambre, acaba teniendo mucha hambre. Y los que hablan, más que de otro tema, de la muerte, son los primeros que mueren. Vitamina L (literatura) y F (futuro) me parecen las mejores provisiones. 

Nico Rost (Groninga, Países Bajos, 1896- Ámsterdam, 1967) fue un escritor y periodista comprometido con la lucha antifascista. Debido a sus publicaciones, a su pertenencia a la resistencia, a su amistad y simpatía por el comunismo, fue apresado en 1943 y llevado al campo de Sheveningen, para, seis meses después, ser trasladado a Dachau, donde permanecería hasta finales de abril de 1945, fecha de la liberación del campo por los soldados de Estados Unidos. Para saber más sobre el autor podéis pinchar aquí.

Nico Rost (no conozco el autor de la imagen)

Lo grandísimo de este diario es que plasma cómo intenta superar lo que vive, lo que ocurre a su alrededor a través de los libros. Él y sus compañeros hacen reuniones para hablar de otros escritores, para tocar música e incluso para dar ponencias sobre autores relevantes de la época y discutir sobre ellos. 

4 de marzo: Como ahora muchos de mis amigos están enfermos y precisan de mi ayuda, no me da para leer, pero me niego -sobre todo en estos días- a hablar de tifus, de piojos, de hambre y de frío.

9 de marzo: No permitiré que la muerte que a cada día y a cada hora nos pisa los talones, domine mis pensamientos.(...) Quiero y he de esforzarme todavía a obligarme a leer, y cuando no se pueda, a marcarme una tarea cada día. 

Me impresiona de Nico su serenidad, cómo se agarra a la literatura para no regodearse en la muerte, en la variedad de formas de morir al segundo siguiente en el campo de Dachau.

Este campo fue uno de los primeros que construyeron los nazis y se usaba para probar algunas de las medidas o experimentos de exterminio que luego se trasladaban a otros lugares, era como el campo que servía de «modelo» a los demás. Estuvo abierto desde 1933 a 1945. El propio Rost en su epílogo habla de que allí murieron más de 235.000 personas asesinadas o víctimas del tifus, de hambre, del hacinamiento, de la desesperación... Aquí también estuvo encarcelado mi admirado Viktor Frankl, además de otros grandes intelectuales, religiosos y príncipes europeos. 

En Goethe en Dachau, además de hablar de literatura, se desprende la maravillosa necesidad que tenía Rost de unificar criterios con otras personas que pensasen diferente, que tuvieran distintas ideas a las suyas; se esfuerza, en incontables ocasiones, en hacer planes para después, como una llama que le sirvió para mantener la esperanza en el futuro. No se permitía caer en el desánimo, sabiéndose afortunado por permanecer en la enfermería y disfrutar de algunas condiciones mejores a otros compañeros de lager. Pero cuando la muerte de muchos amigos se encadenó, cuando sus fuerzas flaquearon, cuando se sintió enfermo o vio cercano el final, él siguió aferrándose a los libros. Bajo bombardeos, alarmas antiaéreas o en las horas de insomnio previas a la liberación (sin saber si los nazis los asesinarían a todos), él escribía, él leía, él se dejaba acunar y consolar por su amor a la literatura. 

1 de abril: ¿Literatura, incluso frente a la muerte? ¿Y por qué no?

29 de abril: Increíble, con los ojos llenos de esperanzas y expectativas (...) contemplamos esta pequeña bandera blanca, que ni tan siquiera está especialmente limpia, que ondea y chasquea por la violencia del viento, como una bandera como esa ha de ondear...

Rost vuelve a Dachau diez años después de su liberación... Y sufre una gran decepción; en el pueblo hay pocas referencias a lo ocurrido, parece que no hay el reconocimiento que se merecen las personas que allí murieron o resistieron. En el campo viven refugiados; la barraca 30, donde todos sus ocupantes murieron una y otra vez de tifus, está ocupada por una escuela. Según él  mismo deja dicho: «Se pisotea la verdad histórica día tras día, hora tras hora».

Sin embargo, gracias a su esfuerzo y el de otros reclusos supervivientes, Dachau recoge en la actualidad un museo conmemorativo puesto en marcha en 1965. No podemos ni debemos olvidar las cosas que allí ocurrieron, además de reconocer la heroicidad de las muchas personas que atravesaron la senda del infierno en alguno de ellos. Sus vidas no pueden quedar en el olvido. 

Agradezco infinitamente a la editorial Contraescritura la edición de esta joya histórica. Es un libro que conmueve, agita y deja un poso emocional indescriptible; debería leerse en los institutos para crear mentes abiertas, tolerantes, respetuosas con los demás independientemente de sus opiniones. Es un libro que todos deberíamos leer por sus valores, por su legado y su testimonio, porque un hombre se esforzó bajo el manto de la muerte en dejarlo por escrito para que llegara a nuestras manos. Nico Rost nos recuerda que incluso en las peores condiciones siempre hay alguien al que puedes ayudar, que siempre hay algo a lo que agarrarse en las más crueles circunstancias, y que la mente nos pertenece, que nosotros podemos elegir ser libres, que podemos leer y escribir aunque haya una alarma antiaérea, o te resuenen las tripas de hambre, u oigas el lamento de los enfermos, o incluso ante un virus para el que aún no hay vacuna... Es un libro que debemos tener con nosotros por amor, esperanza... y por justicia. 

19 de septiembre: ¿Una fuga a la literatura? No puedo analizarlo exactamente así, pero algo sí que sé: que mediante la literatura jamás olvido la realidad. De ello se ocupa bien ella misma...

5 de marzo: Hoy me he dado cuenta de que, en cierto sentido, soy más libre aquí, en Dachau... de lo que he sido nunca. ¡Libre de todo miedo a la muerte!

Gracias, Nico, estés donde estés.

P.D.

En junio de 2002, hace ya muchos años, pude visitar el campo de Mauthausen (Austria); una experiencia conmovedora e impactante de la que os dejo algunas imágenes hechas con mi pequeña cámara de entonces. Tenía 25 años pero esta visita de un par de horas dejó una huella imborrable en mí. 

Llegando a Mauthausen
Llegando a Mauthausen


Las barracas


Monumento a los republicanos; «Que el mundo entero se recuerde de este crimen,
para que no se produzca jamás».

Llegando al pueblo.

viernes, 7 de agosto de 2020

Resistencia.




—Bonjour, ma cherie!

Ese verano nadie podía ver por completo mi cara de asombro. Carmen hablaba francés un millón de veces mejor que mi propia profesora (cosa que a mí me parecía imposible) y aquello me fascinaba. Yo tenía preparadas algunas frases para cuando la veía, pero me quedaba embobada escuchando su voz y ninguna palabra era capaz de articularse en mi boca.

Aquel verano de 2020 volvimos a Ronda, aunque la idea no era esa; cambio de planes como les pasó a otros. Tenía ocho años y podría recordar muchas cosas negras o grises que ocurrieron, pero entre mis padres y Carmen hicieron que mis recuerdos fueran diferentes... hasta que ocurrió aquello.

De todas las veces que fuimos a ese camping la que más nítidamente evoco es esa, la última. Todo era diferente, el mundo había cambiado, pero recuerdo con intensidad los sonidos de los pájaros que mi madre intentaba imitar haciéndonos saltar a carcajadas, los juegos en la piscina con mi padre que hacían que no solo yo fuera una niña; si cierro los ojos puedo oler los aromas de los árboles que rodeaban nuestra casita y, con un poco de esfuerzo, consigo rememorar el sabor de las frambuesas recién recogidas.  Recuerdo la dulce voz de Carmen contándome historias sobre Antibes, enmarcándolas en campos violetas y saboreándolas con 365 tipos de quesos. Nos tumbábamos debajo del gran roble que daba sombra al porche y, mientras el sol se escabullía entre las ramas, nos transportábamos en el aire.

Regresé mucho tiempo después. Carmen me agarró de la mano al entrar al camping cinco años más tarde, cuando por fin pudimos volver a salir al exterior tras la segunda oleada del virus y las que vinieron... La naturaleza había fagocitado las construcciones de madera, los espacios humanos, y había convertido nuestro lugar de vacaciones en su santuario. Cerré los ojos al llegar a nuestra casa bajo el roble, que seguía allí como testigo del paso de la destrucción y la enfermedad. Entonces, el aire me hizo llegar la voz de mi madre imitando a los pájaros, la risa de mi padre… Pero también escuché sus toses, sus llantos calientes, un «a nosotros no», y su grito: «¡Carmen, llevátela!».

—On y va, cherie?

Secó mis lágrimas, me abrazó. Su mano volvió a sujetar la mía, gestos recuperados con timidez del baúl de las cosas relegadas con la pandemia.

Carmen condujo cientos de kilómetros con una sonrisa en los labios y un brillo húmedo en los ojos. Camino a Antibes paramos en un recodo de la carretera. Había un pequeño monumento, una estatua en la que una mujer abrazaba a unas niñas.

—¿Qué es, Carmen?

—La Résistance… Un homenaje a las mujeres que resistieron a la guerra, a las luchadoras… Y ahora, también, tu monumento, ya eres parte de la «Resistencia».

Carmen giró su rostro y, solo al divisar los campos violetas que se extendían más allá del perfil del cielo, dejó escapar una lágrima.


viernes, 29 de mayo de 2020

Nos han robado los abrazos



Autor desconocido.


«Dónde se va ese abrazo si no llegas nunca a darlo». Víctor Manuel.



Nos han robado los abrazos, nos están robando los afectos, los consuelos, los apoyos... Solo nos quedan las palabras, que ahora me resultan insuficientes... Por eso hoy denuncio que me han robado a manos llenas y lo peor es que no he sido capaz de defenderme. El ladrón ha sido sigiloso pero no por eso menos dañino, cruel y voraz.

Nos engañan diciéndonos que los guardemos (juntos con los besos) para cuando acabe la pandemia. ¿Qué absurdo engaño es ese? Los abrazos no volverán porque no hay uno igual a otro. Los abrazos son momentos exactos, son ese instante preciso, esa ola que se acerca y se aleja, y es justo ese momento, ese abrazo, el perfecto, el adecuado en esa ocasión, es ese y no otro, y esos se han perdido, nos los han negado. 

Me han robado los abrazos que debería haberle dado a D. junto con mis llantos. D. la amiga, la compañera perfecta, la mujer discreta y trabajadora, mi apoyo, mi confidente, azotada por una crueldad de la cual desearía que pudiera despertarse y, junto con ella, todos los que la queremos. No me alcanzan las palabras para expresarle mi apoyo, mi pena... No hay letras que sustituyan los abrazos que se merece, ni las lágrimas que tendría que haber llorado a su lado. No sirven ni los emoticonos, ni los audios, ni nada de los sucedáneos que nos venden... Yo quiero abrazarla y decirle al oído que aprenderá a vivir de nuevo, que volverá a sonreír y que yo estaré a su lado. No sabe que no se me va de la cabeza y que ojalá pudiera hacer algo por paliar su pérdida. Te quiero tanto, amiga, solo puedo escribir y esperar al abrazo, que será diferente pero será nuestro y fuerte, como tú, D. 

Me han negado los abrazos que se merece M. M. es preciosa por dentro y por fuera, un ejemplo de amiga y compañera. Compartimos tantas cosas: nuestro amor por la lectura, por la escritura, por las conchas de mar, incluso nuestro acento y origen. M. tiene una actitud ante la vida que me ha enseñado muchas cosas... Sé que esa visión la va a ayudar a superar su pesadilla personal; parece que era poco una pandemia para ella que la vida le ha traído otra prueba gigantesca. Sé que ella, con sus preciosos rizos que parecen dibujados con pastel, va a superarlo, que dentro de poco volverá a bailar, a escribir, y a disfrutar de la vida como ella sabe. Y nos veremos pronto, y hablaremos de todo y de nada, y te recordaré que somos compañeras pero también amigas, y que estoy a tu lado en este camino y siempre. 

Han desaparecido los abrazos que tendría que haberles dado a L. y a J. Cuántas veces los hemos pospuesto... No están las visitas permitidas, estamos en cuarentena, no nos dejan salir, está muy débil, mejor cuando esté más fuerte,... L. y J., esos padres que, como ninguno de nosotros, no se habrían imaginado lo que podrían aguantar por un hijo. ¡Cuánto esperamos ese reencuentro! ¡Qué ganas de que todo pase! ¡De ver a los niños jugar y de que todos les observemos tranquilos! Llegará ese día, estoy segura. Os queremos mucho, y os abrazaremos con todo el amor que os merecéis.

Me han robado otros muchos abrazos, quizás menos intensos, pero eran míos y los quiero, como el de mi abuela que cumplió 90 años (y que tendríamos que haber celebrado todos en familia) o el de mis padres por mi cumpleaños. Cuánto os echo de menos.

Hoy necesitaba gritar esta denuncia, esta frustración gigantesca por no poder estar al lado de las personas que quiero y que están viviendo un sueño oscuro dentro de esta tragedia que nos asola. Sé que el tiempo es nuestro único aliado para todo, pero ojalá estas palabras, además de llegarles a mis amigos, sirvan para que nos demos cuenta de lo que nos jugamos en esta desescalada; si nos confiamos seguirán robándonos a nuestros seres queridos, y yo tengo tantas ganas de abrazarles... Me niego a que me sigan dejando sin mis momentos, incluso los malos, porque son míos y yo quiero vivirlos al lado de los que quiero.

Cuidaros mucho. 

Dedico especialmente estas palabras a D., a M., y a L., y a todas mis mujeres de mil batallas, mujeres valientes. «No te sientas sola, contigo estoy».





martes, 28 de abril de 2020

Los esenciales.





El Palmar, abril 2019.


«Ficción, porque la realidad es terrible». Anónimo.

Querid@s amig@s:

Ojalá os encontréis bien de salud, al igual que vuestras familias. Es lo más importante.

Os cuento que desde que comenzó el estado de alarma no he vuelto a escribir ficción. El covid-19 también se llevó por delante nuestro taller de escritura y no he sido capaz de volver a imaginar una historia inventada. ¿Sobre qué escribir en un mundo que parece irreal? La vida actual no se parece mucho a la que disfrutábamos hace unas semanas, y no hay manera de que se me ocurra sobre qué escribir que no sea sobre la situación que vivimos, pero no me apetece, me parece que si lo pongo sobre el papel me echaré a llorar y ahora mismo no me siento capaz. Ya llegará el momento, supongo.

Sin embargo, más que nunca, leo, leo todo el tiempo que puedo agarrándome a la ficción que otros sí son capaces de crear o crearon antes de que el mundo cerrara las puertas. Soy una adicta a los libros, a su olor, a sus palabras, a sus historias... Ellos siempre me han ayudado y, en estos días en los que la realidad es tan terrible, los busco más que nunca. 

En estas semanas, he intentado minimizar el tiempo en las redes sociales, sobre todo en Facebook que tengo la impresión de que se está convirtiendo en una extensión de los platós de televisión, de la carnaza, de la crítica,... salvo excepciones, claro. Intento ver la televisión lo imprescindible; por desgracia, tenemos que mantenernos informados, pero en su justa medida. Y ese tiempo fuera de las redes y la televisión también influye en que ya haya leído 18 libros este año.

Por otra parte, soy de las que tengo la gran fortuna de mantener mi puesto de trabajo, y doy las gracias por ello. Así que muchos días, entre otras cosas, me enfrento a la búsqueda de EPIS y otros materiales de protección para mis compañeros y para que nuestros residentes sigan sin conocer al «bicho» de cerca, y no es tan fácil. Ante todo, agradezco la labor de mis compañeros, su vocación, su alegría, su profesionalidad... Mi admiración siempre. 

Por ello, soy también de las «afortunadas» que, de vez en cuando, saluda a la Guardia Civil en el control de turno, que tiene que llevar encima el salvoconducto para certificar que va a trabajar, que tiene que desinfectarse antes de entrar en el trabajo y al llegar a casa, y para la que la mascarilla se ha convertido en un complemento imprescindible. En las primeras jornadas fue impactante salir a esta realidad; día a día me he querido acostumbrar, pero no creo que sea capaz de hacerlo. Aún tengo la esperanza de que, una mañana, al despertar, la pesadilla haya terminado. 

En medio de este panorama desolador, de cifras de infectados y fallecidos que nunca pensé que alcanzaríamos, me agarro a mi pequeña gran familia (qué suerte tengo de tenerles) y a lo que podemos hacer en casa, a disfrutar de lo que tenemos al alcance de la mano para mantener los pensamientos y las emociones a raya... Al fin y al cabo soy terapeuta ocupacional, y reivindico el poder brutal de la ocupación sobre la salud mental en tiempos de pandemia.

Estoy haciendo cosas que nunca me había planteado, por ejemplo bailar zumba (pero de eso no pondré imágenes, jajaja). Gracias a @Karmenfalante (Instagram) mi hija y yo disfrutamos de lunes a jueves de una hora de baile, ritmo (en el caso de Emma, en el mío «des-ritmo») y muchas risas... ¡Qué gustazo!

También he retomado el gusto por los mándalas y así hemos hecho un reto con mi padre y mi hija. Los tres pintamos, votamos y nos ganamos la merienda. Y lo pasamos genial. 

Los fines de semana, a veces, Emma y yo cocinamos dulces, siempre nos ha gustado, pero desde que mi hermana Laura me regaló un kit pastelero lleno de cositas para hacer los pasteles aún más chulis, no paramos de imaginar qué será lo próximo. ¡Gracias, sis!

He encontrado tiempo para hacer un proyecto que tenía en mente. Y es que mi amiga Maca Fernández me regaló, en nuestro último amigo invisible, un cuaderno de lienzos, pero desde que lo vi supe a qué lo dedicaría: a un álbum de fotos del mar, solo del mar (que tanta falta me hace). Y así lo hice, aunque me faltan muchas fotos (en cuanto la vida nos deje imprimiré muchas más). Además de las imágenes he ido escribiendo párrafos de Oceáno mar (Alessandro Baricco) y el resultado me parece que ha quedado súper bonito.

Además, como muchos de nosotros, he probado junto a mi familia, las aplicaciones de llamadas conjuntas, y la verdad es que te hacen sentir más cerca de los tuyos, y te provocan muchas ganas de ir a darles un abrazo. ¡Cuántos nos estamos guardando!

Pero, como os decía, gran parte del tiempo intento leer. Me ayuda muchísimo a no pensar en lo que hay fuera, tras traspasar la puerta de casa. Me ayuda mucho a no «futurizar», tan habitual en mí. Me ayuda a mantenerme cuerda aunque a veces no sea fácil evitar dejarse arrastrar por las malas noticias. 

Gracias a mi amiga Cristina Núñez y su proyecto Emotional Experience, me llegó (como libro viajero)  La pequeña panadería de la isla, de Jenny Colgan.  Desde que lo leí no he dejado de buscar otros libros de esta autora. La pequeña panadería me inundó de sus aromas, de ganas de amasar y, sobre todo, de su preciosa historia. Después de él he leído El camino para llegar hasta mí (regalo de cumple de mi chico) que también me ha encantado y anoche empecé Encuéntrame en el Cupcake café. No es que sea súper literatura digna de un premio Nobel, pero están muy bien escritos y sus historias son tan bonitas, son sus finales felices tan necesarios... que no me puedo resistir. (Y además, suelen venir recetas para probar 😁).


En estas semanas he leído otros libros, entre ellos: Eminencia de Morris West, Más allá del invierno de Isabel Allende, La princesa prometida de William Goldman, y La isla de las mil fuentes de Sarah Lark. Estos son los que más me han gustado y os los recomiendo todos. Algunos de ellos son libros a los que les he quitado el polvo después de mucho tiempo en la estantería y otros que consigo gracias a la labor de mi librera favorita de La Cantina, en mi bonito pueblo, Gerena. 

En fin, los libros, mi familia, la luz que entra por la ventana cada mañana, las cosas que hago con mi hija, las charlas con mi amor, las videollamadas,... Pero también los amigos que se acuerdan de ti en tu cumpleaños pandémico, las amigas que leen poesía como nadie, o las que te hacen regalos incluso en medio de una especie de guerra, los que te preguntan cómo lo llevas, o los compañeros a los que tanto echo de menos... Todos sois mis ESENCIALES, los que me animáis a seguir adelante y a darme cuenta de que mientras nos sintamos unidos no habrá pandemia que pueda con nosotros.

Espero que no os haya aburrido infinitamente, sentía que esto si tenía que ponerlo en palabras, y que queden para el recuerdo de unos tiempos revueltos.

Os envío todo mi calor y cariño, hasta que nos podamos volver a ver.

Cuidaros mucho.

María. 

Gerena, 26 de abril, primer paseo.

PD: Gracias a todos los que nos cuidan y velan por nuestra salud y nuestra seguridad, a los que hacen que el supermercado tenga las estanterías llenas y, en general, a todos los profesionales esenciales a veces olvidados. 
En mi corazón todos los enfermos, los que ya no están con nosotros y sus familias, la cara de esta tragedia que no podemos olvidar.