domingo, 5 de marzo de 2023

Bailar con el viento (o cómo vivimos distraídos)

 

Matalascañas, 1 de enero de 2023


«Aquí hay cosas que es mejor no ver, aunque uno las haya visto».  
Escrito en la piel del jaguar, de Sara Jaramillo Klinkert. 


Hace unos días tuve la magnífica oportunidad de pasar una hora larga conversando con una de mis escritoras favoritas, la colombiana Sara Jaramillo. Este regalo se lo debo a su amabilidad y a Instagram. En 2020 contacté con ella por primera vez a través de esa red social para contarle lo que me había gustado su novela Cómo maté a mi padre. Pensé que no me respondería y, sin embargo, desde entonces hemos estado en comunicación hablando no sólo de literatura. Sara ha estado de gira por nuestro país durante el mes de febrero presentando su última novela Escrito en la piel del jaguar. Recaló unas horas en Sevilla donde no hizo presentación como tal, pero si tuvo que cumplir una maratoniana jornada atendiendo a los medios de comunicación. Al día siguiente quedamos en el hall de su hotel antes de marcharse a Málaga (última escala de su gira española) y nunca olvidaré esa hora y media frente a frente, recostadas en el sofá del hotel, hablando de libros, de editoriales, de fruta tropical y aguacates, de nuestra Colombia querida, de su vida y de la mía. 

Por regalos como este sería totalmente mezquina si renegase de las redes sociales porque es obvio que tienen muchos aspectos positivos. Gracias a ellas he podido hablar con algunos de mis escritores favoritos, he podido contactar con personas muy valiosas con los mismos intereses que yo, he podido conocer proyectos muy interesantes, he podido difundir y compartir mi trabajo y mis inquietudes. Gracias a la tecnología he formado parte de proyectos inolvidables y he estrechado lazos con personas a las que aprecio mucho aunque no nos hayamos podido ver en persona. Actualmente, es una de las mejores maneras para hacer llegar un mensaje a mucha gente, difundir ideas que merecen la pena, promocionar tu libro o, simplemente, no sentirse solo... Sin embargo, estamos pagando un precio muy alto. 

Hace una semana que no he vuelto a publicar en ninguna red social (salvo Whatsapp). Hace una semana que vengo reflexionando sobre el circo que nos han montado y hemos montado con las redes sociales, y de las que yo misma he formado parte y, sin duda, seguiré formando parte aunque intente alejarme. No sé en qué momento nos vendieron que tener éxito en la vida está relacionado con el número de seguidores que tengas, o la cantidad de "me gusta" que alcancen tus publicaciones. Cuando eres capaz de poner un poco de distancia te das cuenta de la locura que esto supone. Es absolutamente aterrador ver a gente valiosa e inteligente reclamar (en Instagram sobre todo) a sus seguidores por qué sus publicaciones han tenido tan pocas reacciones, a gente pendiente de esta red social para acumular más y más satisfacción por una vía que vende humo, un humo que se escapa entre los dedos. 

«El mundo sigue dispuesto a suicidarse tragándose una bola de fuego (...). Muchos duermen porque se han convencido de haber hallado una explicación para lo inconcebible. Se sienten purificados derramando lágrimas ante las fotografías de nuestros niños que sobrevivieron, aunque con una mirada que ya no tiene salvación. (...) Y está convencido de que la vida es demasiado compleja para empezar a señalar culpables; nos faltarían dedos». El café de Bailey, de Gloria Naylor.

La Vanguardia publicó hace unos días un artículo con cifras demoledoras: se producen cuatro tentativas de suicidios diarias en menores de 18 años. En los últimos cinco años se han triplicado las tentativas de suicidio en las chicas debido a que la sociedad impone más presión sobre ellas, algo que las nuevas tecnologías han acentuado. En el artículo se refleja que el uso excesivo de smartphones entre los más jovenes con aplicaciones como Tiktok o Instagram no ha hecho más que acrecentar esta tendencia. Estas cifras tienen nombres y apellidos. (Os dejo aquí el enlace al artículo). 

Las redes sociales son el gran circo de nuestro tiempo, la gran distracción, la gran manipulación. En esta era tecnológica estamos más interconectados globalmente y, sin embargo, estamos cada vez más perdidos, más insatisfechos, más deshumanizados. Además, mientras deslizamos el dedo por la pantalla, no somos capaces de mirar a los lados y darnos cuenta de lo que nuestro mundo está viviendo. En 2002, Sylvain Timsit formuló 10 estrategias de manipulación mediática de la que se valen los poderes políticos para manipular a los ciudadanos. La primera de ellas es la "distracción": desviar la atención del público de los asuntos importantes e impedir que éste se interese por conocimientos esenciales. Una forma de distraernos es inundando los medios de comunicación de noticias banales, o menos relevantes para el progreso. Así, los individuos terminan por dejarse llevar por lo que les ofrecen los medios y dejan de cuestionarse por qué no se emite una determinada información y terminan olvidándose de los verdaderos problemas sociales. A veces pienso que vivimos en una distopía y no somos conscientes de ello.

Este es el motivo que encuentro a por qué no salimos a la calle a protestar ante lo que ocurre en este mundo. Vivimos distraídos, vivimos manipulados. 

«La gente no se sienta a esperar la muerte. Si Europa pusiera un poco de su parte, habría lugar para todos». Otra vida por vivir, Theodor Kallifatides.

En 2000 ACNUR (el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados) cumplía 50 años y lo hacía con una cifra de desplazados que daba escalofríos: cerca de 25 millones de personas vivían fuera de sus hogares. Era una cifra histórica consecuencia de las guerras en África (Ruanda, Sierra Leona) y los Balcanes. En 2003 muchos salíamos a la calle para protestar por la invasión de Estados Unidos en Irak. Recuerdo perfectamente la que estuvimos presentes en la puerta del Sol. Era imposible acceder a la plaza de la gente que había, muchos estuvimos apretados en los accesos aledaños. 

20 años más tarde apenas hay una manifestación por este motivo. Y, sin embargo, vivimos una auténtica debacle humanitaria. A las guerras ya olvidadas (Siria, RD del Congo, Etiopía, etc.) se unen las consecuencias del cambio climático y la guerra en Ucrania que acaba de cumplir un año, sumando 103 millones de personas desplazadas de sus hogares. Esta cifra nos debería sacudir y hacer que nos levantásemos en masa. Nos debería doler en el alma. Pero estamos distraídos y lo único que hacemos es deslizar el dedo por la pantalla. 

Reconozco que muchas veces yo también cierro los ojos. Cierro los ojos para sobrevivir, porque a veces es mejor no ver lo que veo. Reconozco que muchas veces me distraigo conscientemente para no hundirme en la tristeza y poder seguir adelante. Me distraigo con la lectura, con la escritura o con el mar en invierno. Me distraigo con mi hija y con mi marido, con mis amigos y con mi familia. Me distraigo para seguir pensando que no me tengo que distraer, que no quiero distraerme. 

En su precioso libro Otra vida por vivir Theodor Kallifatides reflexiona sobre el mundo que le rodea y la importancia de su proceso creativo. «¿Por qué pesaba tanto en mi vida la escritura? Diría que era semejante a lo que me pasaba durante las guardias en el servicio militar. Yo asumía una responsabilidad y tenía cierto poder.Y lo hacía sin preguntar a nadie y sin que nadie pudiera impedírmelo. Quizá esa fuera, finalmente, la importancia de la escritura. La responsabilidad por mi mundo». 

Quizás escriba esto por esa responsabilidad con mi mundo, o quizás para desahogarme y aliviar mi desazón y mi frustración, o para que mi hija algún día lo lea y sepa que hay que intentar mirar más allá de lo que tenemos delante, o para bailar con el viento. Quién sabe. 



sábado, 17 de diciembre de 2022

Leamos el mundo




Librería Desnivel, Madrid, agosto 2022.

«Cuando rechazamos la historia única, cuando nos damos cuenta de que nunca hay una sola historia sobre ningún lugar, recuperamos una suerte de paraíso»
Chimamanda Ngozi Adichie. 

Se va acabando este 2022 en el que he leído 66 libros (serán 67 con el que tengo entre manos) de 33 países diferentes. Se lleva la palma nuestro país, claro, del que he leído 23 libros (24 con el actual), pero también he leído libros cuyos autores/as procedían de países tan dispares como Mauritania, Japón, Turquía, India, Sudáfrica, Argentina, Corea del Sur, Nueva Zelanda, Belice, China, México, Ghana, Costa de Marfil, Mozambique, Etiopía, Angola, Noruega, Colombia, Ecuador, Uruguay, Tanzania o Nigeria entre otros.

No es un consejo ni nada que se le parezca, es solo una idea o, más bien, una propuesta: «Leamos el mundo». Leamos el mundo porque no estamos solos en él, porque somos parte de la humanidad, como decía John Donne «ninguna persona es una isla; la muerte de cualquiera me afecta, porque me encuentro unido a toda la humanidad». Sin embargo, se nos olvida.  

Una de las charlas TED que más me han impactado nunca es la que realizó la escritora nigeriana Chimamanda Ngozi Adichie en el año 2009: la maravillosa El peligro de la historia única  que es absolutamente recomendable. En ella Chimamanda nos habla del riesgo de tener en cuenta solo una parte de la historia, quedarnos solo con una perspectiva de lo que ocurre en este planeta, porque así nos quedamos con una idea parcial, sesgada, y, con mucha probabilidad, fuente de prejuicios. 

«La consecuencia de la historia única es esta: roba la dignidad de los pueblos, dificulta el reconocimiento de nuestra igualdad humana, enfatiza nuestras diferencias en vez de nuestras similitudes».

Por eso creo que es tan importante, urgente y primordial «leer el mundo» en un mundo como el que tenemos, un mundo en guerra, con muchos conflictos olvidados porque parece que no tenemos nada que ver ni con sus muertos, ni con sus consecuencias, con una humanidad cada vez más deshumanizada, separada y rota.

Por fortuna, cada vez más nos llegan voces de otros países, no sin dificultad, ya que es complicado que se traduzcan libros procedentes de países africanos, por ejemplo. Como no soy ninguna especialista en la materia os recomiendo seguir en sus redes sociales a Federico Vivanco y Chema Caballero para conocer lo que se cuece a nivel literario y cultural en el continente africano. También os recomiendo muchísimo la colección «Libros del Baobab» que nos está trayendo literatura africana nunca antes traducida al castellano, un verdadero privilegio. 

«Las historias importan. Importan muchas historias. Las historias se han utilizado para desposeer y calumniar, pero también pueden usarse para facultar y humanizar. Pueden quebrar la dignidad de un pueblo, pero también pueden restaurarla».

Lee a Chinua Achebe y su inolvidable Todo se desmorona, a Chimamanda y su brillante Americanah, o a Aminatta Forna y su hermosa La memoria del amor, y comprenderás mejor lo que Ngozi Adichie nos quiere decir con su clamor por no dejar de lado ninguna historia, ninguna perspectiva.

Este año he intentado recorrer los cinco continentes a través de la literatura y me ha fascinado lo que he encontrado, que viene a ratificar lo mismo que he pensado cuando he tenido la oportunidad de viajar y conocer otras culturas o de encontrarme con personas de otras nacionalidades: es mucho más lo que nos une, que lo que nos separa; son muchas más nuestras similitudes que nuestras diferencias. Las historias son universales vengan del rincón del mundo del que vengan; todos hablamos de los mismos temas porque están enraizados en la esencia del ser humano: el amor y el desamor, la pérdida, el odio, la muerte, los anhelos, la supervivencia, el dolor... 

Me gustaría dejaros algunos de los libros que más me han gustado este año procedentes de otros países, por si os apetece leerlos:

  • Estoy solo, de Beyrouk. Mauritania. 
  • El minero, de Natsume Sóseki. Japón.
  • La mujer del pelo rojo, de Orhan Pamuk. Turquía.
  • El vagón de las mujeres, de Anita Nair. India.
  • Zuleijá abre los ojos, de Guzel Yájina. Rusia.
  • Kim Ji-young, nacida en 1982, de Cho Nam-joo. Corea del Sur.
  • La leyenda de las ballenas, de Witt Ihimaera. Nueva Zelanda.
  • ¡Vivir!, de Yu Hua. China.
  • Nirliit, de Juliana Léveillé-Trudel. Canadá.
  • Volver a casa, de Yaa Gyasi. Ghana.
  • Camarada papá, de Gauz. Costa de Marfil.
  • Neighbours, de Lilia Momplé. Mozambique.
  • Esta herida llena de peces, de Lorena Salazar Masso. Colombia.
  • Trajiste contigo el viento, de Natalia Garcia Freire. Ecuador.
  • Mugre rosa, de Fernanda Trías. Uruguay.
  • Paraíso, de Abdulrazak Gurnah. Tanzania.
  • La promesa, de Damon Galgut. Sudáfrica.
  • La muerte de Vivek Oji, de Akwaeke Emezi. Nigeria.


Creo que la literatura, al igual que el arte en general, es una arma magnífica para unirnos y comprendernos. Leamos literatura hecha en nuestro país, pero también demos la oportunidad (y démonos la oportunidad) de disfrutar de otras miradas, otras voces, otras historias, que enriquezcan nuestra forma de ver el mundo que todos habitamos. 

Muchas gracias por haber llegado hasta aquí. 
Te deseo una Feliz Navidad llena de sosiego y lecturas. 
Un abrazo muy fuerte. 




PD: Todos las citas proceden de la charla TED (luego convertida en ensayo en papel) El peligro de la historia única de Chimamanda Ngozi Adichie.

Te dejo por aquí la foto de mi «Mapa de lecturas 2022» por si te animas conmigo a recorrer el mundo leyendo en 2023. A mí me ha servido mucho para ser consciente de dónde provienen los libros que leo. 



sábado, 16 de julio de 2022

Cosas que quiero guardar

Emma. 

 

«¿Y si todo sale bien?».

En estos días de verano no puedo evitar recordar cómo me encontraba el año pasado a estas alturas. Atravesaba una de la peores crisis de ansiedad, depresión e hipocondría que he tenido en mi vida fruto del encadenamiento de varios nefastos acontecimientos. Ayer mismo recordaba, en la misma piscina, lo miserable que me sentía, el dolor físico que mi mente creaba, las veces que tuve que ir al médico pensando que tenía algo mortal e irreversible, el «coñazo» que di a familiares y amigos con mis dolencias y mi mente alocada que no paraba de pensar y mostrarme escenarios catastróficos. Solo el que ha pasado por algo similar sabe lo terrible que es vivir algo así. 

No puedo decir que esa experiencia, que no me ha matado, me haya hecho más fuerte (como dice esa frase tan manida), pero gracias a ella he conocido a personas maravillosas que sé que se quedarán conmigo durante mucho tiempo. Una de ellas es mi psicóloga quien me mostró esta frase: ¿Y si todo sale bien? Y yo, cada vez que me hundía en el fango de mis pensamientos, me anclaba a esa frase: ¿Y si todo sale bien? ¿Y si no  me voy a morir ahora? ¿Y si no me voy a arruinar? ¿Y si no nos va a faltar de nada? ¿Y si voy a conseguir el trabajo que realmente quiero? ¿La vida que quiero?

Mi psicóloga y otras muchas más personas y herramientas me ayudaron a salir de un pozo muy oscuro, un pozo en el que ya había estado algunas veces antes, y, como la ranita en la nata, lo único que podía  hacer era no rendirme y seguir pataleando, seguir buscando anclas, manos, cuerdas para salir de ahí y convertir la nata en mantequilla para poder volver a la superficie.

Un año después debo decir que las cosas, efectivamente, están saliendo bien. Mi familia y yo vamos a pasar el verano en nuestro pueblo gracias a que tengo mucho trabajo, un trabajo que me encanta, y que hace doce meses no hubiera imaginado siquiera. Echaremos de menos poder viajar y conocer otros lugares, claro, pero damos gracias a la vida por poder disfrutar tranquilos de los momentos que estemos juntos. Mi mente está serena y es el mejor regalo del mundo, incluso aunque a veces trastabille un poco.  

Hoy doy gracias a todos los que estuvisteis a mi lado, me tuvisteis paciencia cuando no quería más que meter la cabeza bajo el ala y me ayudasteis, algunos incluso sin conocerme, unidos por el sufrimiento que supone un trastorno emocional.

Este verano me quiero guardar (igual que el resto del año) las cosas bonitas que me encuentro, las imágenes sencillas y llenas de hermosura (como la de mi hija lanzándose a la piscina), los ratos con mi marido charlando, las lecturas con el bañador mojado y los rayos de sol colándose entre las ramas de los árboles, la piscina de la amiga con piscina y a la amiga bonita, las cenas improvisadas con nueva familia... 



Si algo he aprendido también, y espero que jamás lo olvide, es a quedarme en el momento presente, justo en este instante en el que estoy escribiendo esto cuando no era lo que tenía pensado escribir cuando me senté al ordenador hace media hora. Justo este instante es el que importa, el que existe, donde mi hija está aquí cerquita, donde el aire acondicionado nos hace la tarde más llevadera, es solo este instante preciso en el que vivo (y tú también), no importa nada más si lo pensamos bien.

Cuando me senté hace un rato al ordenador quería contar que últimamente me he encontrado y me han hecho llegar a través de la red cosas preciosas que no quiero que se me pierdan y dejarlas aquí también es una forma de conservarlas a falta de cajón. Voy a imaginar que las guardo en mi caja de recuerdos con mucho cariño, que les pongo un lazo, y las etiqueto con la fecha y una cita: «Cosas bonitas, verano 2022»

La primera de ellas es un vídeo visto en Instagram, en el que, en un programa literario francés, se lee un fragmento del prólogo de El cuaderno dorado de Doris Lessing: pincha aquí. El vídeo está en francés pero os reproduzco su traducción directamente de mi ejemplar, una edición de 1972, al que, confieso, aún no le he hincado el diente:

Solamente hay una manera de leer, que es huronear en bibliotecas y librerías, tomar libros que llamen la atención, leyendo solamente esos, echándolos a un lado cuando aburren, saltándose las partes pesadas y nunca, absolutamente nunca, leer algo por el sentido del deber o porque forme parte de una moda o de un movimiento. Recuerde que el libro que le aburre cuando tiene veinte o treinta años, le abrirá perspectivas cuando llegue a los cuarenta o a los cincuenta, o viceversa. Recuerde que ante todos los libros que se han impreso, hay tantos o más que nunca se han publicado o que nunca han sido escritos, incluso ahora, en esta época de reverencia al papel impreso.

Me parece soberbio y una perfecta definición de cómo debemos disfrutar de la lectura.

También quiero guardar las columnas de la escritora colombiana Sara Jaramillo Klinkert, aunque de ella guardaría todo lo que escribe y os recomiendo leer, sin dudarlo, sus dos novelas: Cómo maté a mi padre y Donde cantan las ballenas. Sara es pura belleza. Esta tarde, en concreto, voy a guardar su columna para el diario El colombiano titulada La miseria del artista. Os dejo su enlace pinchando aquí y os reproduzco un extracto: 

(...) pone de manifiesto la paradoja de la creación artística, según la cual el dolor, la incomodidad y la tragedia son el germen de grandes obras que, una vez terminadas y alabadas, servirán de regocijo al artista. El escritor Efraím Medina Reyes lo expresó aún mejor cuando dijo: «El arte es tan tirano que requiere la miseria del artista».

Y, por último, me guardo, con un lazo precioso, este audio relato de Miguel Sánchez Robles. Es una hermosura de principio a fin. Merece mucho la pena dedicarle un ratito de relajación y disfrutarlo. Y si, como yo hasta hace muy poco, no has leído a este autor, por favor, deja lo que estés leyendo y cambia esa circunstancia. 


Gracias por leer esta entrada improvisada. Yo seguiré buscando cosas bonitas que guardar, ¿y tú? 

¡Feliz verano!

jueves, 30 de junio de 2022

Te llamaré Tristeza



«Tal vez las palabras sean lo único que existe en el enorme vacío de los siglos. (...) Yo misma me he recetado veinte minutos diarios frente al mar». 
Te llamaré Tristeza, Miguel Sánchez Robles. 

Mis palabras son puras conjeturas. 

¿Cómo contaremos nuestra vida cuando lleguen sus últimos momentos? ¿Qué instantes resaltaremos y cómo los veremos cuando entendamos que es el final? Quizás los rescataremos como peces en un lago, como flores en un prado recogidas para crear un extraño ramo, como retazos de un cuento con las páginas rotas. Los contaremos sin orden cronológico, solo recobrados por la emoción que surgió, por lo felices que nos hicieron, por lo que aprendimos, por lo que nos marcó. Quizás, solo quizás, así nos ha contado Tristeza su historia: a pedazos, a emoción, a golpe de vida recordada.  

«Entonces me acuerdo de estas palabras que subrayé en un libro: "Hay montones de gente ciega en el mundo. Te casarás con un amable ciego algún día"».

«Leer a Cioran hace que me guste más la vida. Hace que me dé cuenta de la poesía que hay a veces en este mundo hipócrita y absurdo en el que me ha tocado vivir».

En los días en los que he leído este libro alrededor de 37 personas morían a manos de los que les tenían que proteger en Melilla, seres humanos que querían escapar de la guerra y del hambre; en San Antonio, Texas, 53 personas morían asfixiadas en un tráiler con el que buscaban un futuro mejor. En la semana que ha trascurrido durante su lectura seguramente 77 personas habrán logrado su final debido a la primera causa de muerte no natural en nuestro país: el suicidio. Mientras leía esta obra de arte he pensado muchas veces si Tristeza era un personaje metafórico, si era posible que representase la pesadumbre que nos asola a muchos ante las injusticias y las barbaries que se cometen en nuestro mundo. Tristeza sufre de una serena lucidez con la que analiza lo que ocurre en su vida y a su alrededor y se hace (y nos hace) conscientes de la hipocresía imperante, de lo perdido que está este mundo.

«Mamá sabe que si no existiesen los libros, yo no podría vivir o no sabría vivir o no querría vivir, por eso me mira ahí tan preocupada».

«Me he salvado de algo leyendo todo eso y, cuando abro un libro, siento siempre esa gratitud que me ayuda a soportar la existencia y a soportarme a mí misma».

«Me gusta leer, caer por ese precipicio de lo terrible y de la verdad. Creo que no he hecho otra cosa en mi vida».

«Los libros consiguen que mi alma esté más tranquila y más llena, y las palabras que subrayo en ellos son las miguitas de pan que sirven para no perderme en el mundo».



De las cosas más «absurdas» que he hecho en mi vida como lectora ha sido subrayar y marcar este libro, porque habría que subrayarlo entero, palabra por palabra. Su narración es preciosa, hermosa, poética... Tristeza desprende amor y pasión por los libros, una pasión que solo entendemos los que la sufrimos. Yo misma no entendería mi vida sin libros, yo misma podría decir que si no existiesen los libros no podría vivir; también podría contar que me he salvado de algo leyendo, de muchas cosas, los libros me han tendido la mano en los momentos más oscuros; los libros me sanan, me calman, me llenan y las palabras de Te llamaré Tristeza serán miguitas que me sirvan para no perderme en el mundo. 

Tristeza podríamos ser cualquiera, pero no cualquiera se expresa como ella, vive como ella, siente como ella. Experimenta el alcoholismo de su padre, la pobreza, la enfermedad de su madre, su caída al infierno de la prostitución, el amor y la vida tranquila y disfrutada, la pérdida, la injusticia de los otros, el dolor por el sufrimiento del mundo. Y, sin embargo, es capaz de buscar un ángel, de rescatar la belleza de lo pequeño, de lo cotidiano, de las palabras, y del mar infinito...

«Esa mañana el mar no tiene arrugas. Está liso y calmado. He venido sola y lo miro tratando de entenderlo. Creo que el mar hay que entenderlo como si fuese un libro o un misterio».
«La mayoría está hechizada por el optimismo del mar y lo mira como quien se sube a una montaña para tratar de atisbar ese otro mar y esa otra tierra que hay más allá de todos nuestros sueños».

1 de enero de 2021. Matalascañas, Huelva.


Llegué a este libro gracias a la recomendación de otro escritor al que admiro mucho, es decir, del boca a boca que tanto necesitan las editoriales independientes y muchos de nuestros autores. Me parece increíble que si no fuese por aquella reseña seguramente continuaría sin conocer este libro ni a su autor (aunque no tengo dudas de que, de alguna manera, tarde o temprano, hubiese llegado a mis manos), y es injusto que a muchos de los lectores que amamos la literatura de verdad no nos lleguen libros como este, libros especiales, literatura con mayúsculas. 

En mi opinión esta obra es un «templo» en el que adentrarnos y reflexionar sobre la existencia que llevamos, sobre las cualidades del mundo en el que vivimos y sobre la belleza de la literatura que nos sacude, que nos emociona y que nos cala. Es un libro para leer y releer y dejar que nos ahogue en su océano de verdad y honestidad. 

«¿Quién narra?¿Es Dios quien narra todo esto?¿Quién narra las estrellas? ¿Quién narra los desiertos?¿Quién cojones narra? Ahí estoy respondiendo que todos los libros están escritos por una misma mano, que en realidad los libros buenos, esenciales, no los escriben los hombres, sino que están dictados por una voz sublime que es de verdad quien narra».

No sé si Dios o un ángel le han susurrado al oído las palabras de este libro a su autor, aunque no importa, está al alcance de muy pocos escribir algo así. Y me digo que debería dejar de reproducir sus fragmentos porque no pararía; mejor te invito, lector/a, a que leas a Miguel Sánchez Robles, no lo dejes para otro día, no habrás leído nunca nada que se le parezca. 

Mis palabras han sido puras hipótesis desprendidas de lo que su lectura me ha provocado; no sé si el autor quería transmitir algo similar a lo que yo he querido dejar aquí plasmado, ojalá que sí. Seguramente su lectura te provoque otras cosas, los libros tienen tantas lecturas como lectores, y eso es lo que hace mágico el acto de leer. 

«Son libros llenos de intensidad y pensamientos. Llenos de abismo para descansar del vacío. (...) Creo que no me interesan las ideas pequeñas. Y que la literatura honda y esencial me da un placer que me acerca mucho a la claridad de los misterios».

Agradezco profundamente a Miguel esta literatura honda y esencial, una obra que debe ser eterna. 

Ahora, Cioran. 

PD. Esta obra ha sido galardonada con el XXIV Premio Tiflos de Novela convocado por la ONCE.

viernes, 10 de junio de 2022

Pia Pera: un canto de luz en la oscuridad de la muerte

Foto de María Morales.


«No es cuestión de saber, sino de amar. Yo nada sé y nada puedo demostrar, pero amo».
Aún no se lo he dicho a mi jardín, Pia Pera.

Pia Pera se rodea de su jardín, de sus amigos y de sus libros para adentrarse en el camino hacia la muerte, el último camino. Cuando llegue ese inevitable momento para mí, me gustaría que este libro me acompañase. 

Pia nos regala de forma póstuma sus pensamientos y reflexiones al darse cuenta de que sufre una enfermedad incapacitante y terminal a una edad prematura. Y digo nos regala porque nos invita a reflexionar con ella a través de este canto de amor a la belleza de lo que nos rodea escrito de una forma terriblemente conmovedora y hermosa. Es un auténtico regalo. 

«Cuántos tesoros descubrimos al quedarnos quietos, inactivos, atentos a lo que sucede a nuestro alrededor. (...) Qué bonito es sentir que formamos parte, una ínfima parte, del mundo; y mirar sin más, y entrever el carmín de las dalias (...), mientras una leve brisa nos sopla la cara la semilla plumosa de la alta margarita, entre el lirio y la euforbia, que nadie cortó».

Siempre me ha aterrado la muerte. Quiero decir, me ha paralizado un solo pensamiento sobre ella. Para una persona con hipocondría como yo (y puede llegar a sonar gracioso, pero solo los que la sufrimos sabemos el terror que supone enfrentarse a una prueba médica o a un leve síntoma en ciertos momentos de la vida o simplemente escuchar que a alguien le han diagnosticado una enfermedad; irracional, agotador) tener delante las páginas de un libro que habla de una enfermedad sigilosa y del fin inminente puede ser inimaginable, sin embargo, su lectura ha sido un viaje emocionante, sereno y esclarecedor.

Pia nos cuenta cómo se va dando cuenta de que la enfermedad (esclerosis lateral amiotrófica) avanza  y se debate entre la lucha por encontrar respuestas y tratamientos, y el deseo de vivir una existencia tranquila y apacible rodeada de su jardín, un jardín que es involuntario coprotagonista de esta historia. Pia se pregunta qué pasará con él cuando ella ya no pueda cuidarlo, igual que qué pasa con los seres que queremos cuando dejamos de respirar.

«Quizá, cuando se trata de morir, el jardinero deja de ser jardinero. El escritor deja de ser escritor. Quizá, cuando se trata de morir, tomamos conciencia de que somos indefinidos. (...) Indefinido, inmerso en el infinito, parte del infinito. ¿Cómo era? ¿La gota que vuelve a unirse con el océano? Una gota harto reacia a perder su envoltorio».

Este no es un libro de heroicidades, aunque su sinceridad, en este mundo plagado de falsedad, es ya de por sí heroica; Pia se muestra humilde y temerosa ante lo que le ocurre, deja filtrarse entre sus palabras sus debilidades y miedos. Se muestra preocupada por lo que dejó de disfrutar, por lo que no hizo en base a ideas que tilda de ingenuas; sin embargo, llega a la certeza de que nada de eso importa, ya no importa lo que es imposible cambiar. Solo importa la vida y la belleza que puede disfrutar en ese momento. La escritora y jardinera nunca perdió la esperanza de una cura, buscando en todos los rincones del planeta la voz y la posibilidad que le dieran la opción de vivir un poco más, de dejar atrás la enfermedad que estaba debilitando todas sus facultades. 

«Ya no soy la jardinera. (...) Empiezo a parecerme cada vez más a una planta de la que hay que cuidar; me convierto en hermana de todo lo que vive en el jardín, en parte de esta materia ilimitada cuyos límites y profundidades ignoro». 

Qué hermoso pensamiento. Llegar al final de tu vida y sentir que te confundes con lo que más has amado. Quizás un consuelo, quizás una ilusión, quizás la mayor de las certezas.

Pia se rodea de sus flores, de la brisa olorosa de su jardín, de sus seres queridos, de su perro y de la literatura. Ella lee y relee a sus autores favoritos encontrando palabras que la hacen reflexionar y nos invita a hacerlo con ella, como con este poema de Vita Sackville-West, Abril:

Prefiero confiar y creer
a cavarme una tumba en vida.
Aunque he de morir, lo único que sé
es que seguiré cantando con pasión y con fe,
que creeré en abril mientras viva.
Yo creeré en la primavera.


Hace un año María se nos iba. María, que amaba la literatura, nos narraba con su propia voz cómo se iba acercando a su fin. Escucharla fue una de las experiencias más hermosamente dolorosas que he podido vivir.  Ella (siempre alegre, serena, luchadora, amiga) enfrentó sus últimos días como mensajera de su amor por la vida. Cuando falleció, ya en el mes de julio, su cuñado me dijo algo así: «Se ha marchado dejándonos a todos llenos de paz, plenos». No he podido evitar leer este libro pensando en ella. Ella, siempre valiente, ya en cama me animaba ante (ahora lo sé) mis pequeños desafíos, me decía que nada importaba salvo las personas a las que amas, ese amor que a veces se nos olvida, pero que es lo único que merece la pena. Sé que María, que también escribía, hubiera disfrutado mucho con la emoción y la verdad que desprenden las palabras de Pia. 

El jardín de Pia./ Errata Naturae.

Pia nos dejó el 16 de julio de 2016; desconozco cómo fue finalmente su fallecimiento, ella que también reflexionó sobre el suicidio, pero es lo de menos; lo de más es que su generosidad hizo que pudiéramos leer este libro que permanecerá, quizás, como faro que nos alumbre y nos haga girar la mirada, porque este libro habla de muerte, de enfermedad, y sufrimiento, pero Pia de lo que más habla es de belleza, como la que ella construyó en Aún no se lo he dicho a mi jardín. 

Aún no se lo he dicho a mi jardín, 
por miedo a que se apoderé de mí.
Aún no me veo con la fuerza
de confesárselo a la Abeja.

Prefiero no hablarlo por la calle, 
para evitar la mirada de los escaparates:
¿cómo tiene la desfachatez de morir
alguien tan tímida, tan ignorante?

No pueden enterarse las colinas
por las que tanto deambulé,
tampoco los amados bosques,
del día que me iré.

No lo susurraré en la mesa,
ni dejaré caer, como si nada,
que alguien en el Misterio
se adentrará esta mañana.

Emily Dickinson. Poema nº 50.


Gracias por leerme. 

A mis Marías. 

lunes, 23 de mayo de 2022

Kirmen, Rosika y la búsqueda de la paz


«No hay camino para la paz, la paz es el camino». Mahatma Ghandi.

«La historia nos ha fallado. Pero no importa». Min Jin Lee.

Este libro me ha llegado gracias al «gran invento» que mi amiga María Morales (pausa para la publicidad: ¿Habéis leído ya su Formas de disparar un arma?) y yo llevamos a cabo desde hace ya seis meses («Solo entiende mi locura quien comparte mi pasión»). Una vez al mes quedamos para tomar algo e intercambiar libros. En un principio el libro debía ser sorpresa, pero finalmente decidimos que era mejor sugerir a la otra varios títulos, así no hay peligro de fallar y se mantiene cierto grado de incertidumbre y expectación. Total, que estamos encantadas con este intercambio de libros al que no terminamos de encontrarle el nombre, porque todo evento de esta talla tiene que tener un nombre (¿bookishfree, bookfree, crossbook, librosamigasycafé, regalameunlibroydimetonta?). En fin, que estamos deseando que llegue fin de mes para que vuelva la magia, ya que entre amigas y libros solo puede haber eso, magia. 

Así María me regaló La vida anterior de los delfines, mi bautizo leyendo al vasco Kirmen Uribe. Lo he devorado en unos pocos días y es que me ha recordado mucho a los libros de grandes epopeyas narradas por Dominique Lapierre. Los libros de Lapierre hicieron crecer en mí la pasión por la literatura y los grandes acontecimientos mundiales protagonizados por personas que lucharon por un mundo mejor, muchos de ellos olvidados si no fuera por los escritores y escritoras que dedican años de su vida a rescatarlos del olvido.

«La paz es cosa de todos, de los hombres y de las mujeres. Si yo creyera que es cosa mía, ni siquiera me reuniría con usted, pero la paz es algo que nos compete a todos».

Este es un libro para leer con un lápiz en la mano, para subrayar y anotar las magníficas ideas por las que Rosika y sus compañeras lucharon. Cuál sería su ímpetu y pasión que convenció a Henry Ford para poner en juego su gigantesca fortuna y fletar el Barco de la Paz, barco que emprendió su marcha el 6 de diciembre de 1915 desde Hoboken (Estados Unidos) rumbo a una Europa desangrada por una guerra, como todas, sin sentido y que se cobraba cada día miles de víctimas.  

Rosika Schwimmer (1877-1948) nació en Hungría y falleció en Nueva York. Tuvo una vida apasionante en la que luchó por unos ideales que se podrían tildar de utópicos entre los que se encontraba la creación de un Gobierno Federal Mundial en el que se escucharan las voces de los ciudadanos por encima de la de los gobernantes.  Luchó por el reconocimiento de la labor de las mujeres en el mundo, en un mundo en el que la mujer estaba relegada socialmente y en el que tenía que pedir permiso para todo. Cómo me hubiera gustado estar presente en uno de los cientos de discursos que pudo dar (sin leerlos, prácticamente improvisados) en los que, gracias a la fuerza de sus palabras, las ideas se convertían en hechos, en iniciativas reales. 

«No puede haber gloria sin patriotismo ni amor ni nobleza si por medio hay también sangre inocente, asesinatos y violaciones. Porque la guerra es eso. No es otra cosa que destrucción».

Rosika tuvo tanta energía y creía tanto en la posibilidad de conseguir un mundo en paz que se entrevistó con el presidente de Estados Unidos y otros líderes europeos intentando poner en marcha un proceso de paz que acabara con la Primera Guerra Mundial o, dicho de otra manera, una mujer de origen judío intentó parar un conflicto internacional, ahí es nada. Fue la cofundadora del Partido de la Mujer por la Paz y secretaria de la Alianza Internacional de mujeres. Y, sin embargo, ha caído en el olvido. 

Fue su secretaria Edith Wynner quien, tras la muerte de Rosika, recopiló toda la información, cartas y otros testimonios de su vida en 176 cajas que descansaban en el archivo de la biblioteca pública de Nueva York, de donde Kirmen las rescató para crear esta novela.  Y ya solo por este hecho es totalmente recomendable leer La vida anterior de los delfines, porque como él mismo deja reflejado en las páginas del libro: 

«Lo que resulta verdaderamente admirable a la luz de nuestros días es el valor que demostraron aquellas mujeres, su determinación, su fe en que unidas eran invencibles y que juntas podían cambiar el mundo. Sin esa confianza genuina en el ser humano y en sí mismas costaría entender sus discursos y movilizaciones de entonces (...)».

En esta obra el autor entrelaza la narración de lo que iba encontrando en las cajas del archivo recabado por Edith (el bolso de Rosika, sus cartas con Einstein, su cámara de fotos, etc.) con episodios de su propia vida trazando paralelismos con su proceso personal de migración, su insumisión, las grandes mujeres de su familia o la vivencia de la pandemia fuera de su país. Además, me ha descubierto muchas cosas sobre la cultura vasca, aspectos que desconocía por completo como, por ejemplo, que el pueblo vasco (y su lengua) es uno de los más antiguos del planeta. Lo ignoraba y agradezco saberlo. 

Rosika fue nominada varias veces al Premio Nobel de la Paz, algo que nunca consiguió, como tampoco consiguió la nacionalidad estadounidense al negarse a defender al país con las armas si llegaba el caso (algo que como mujer en aquella época era muy improbable). Estoy completamente segura que su labor tuvo gran repercusión en las instituciones mundiales que se crearon posteriormente para unir al mundo, su lucha quedó anclada en el espíritu de las personas que la conocieron y en las generaciones siguientes.

Te dejo a ti, lector/a, que descubras qué tienen que ver los delfines en todo esto, qué hay detrás de su título, te adelanto que tiene mucho de leyenda y que es posible que te encante. 

Te recomiendo, con la vehemencia que me caracteriza, que leas esta novela porque, como también se cita entre sus páginas: «Aunque está claro que algún día la historia hará justicia a la señora Schwimmer, la historia es lenta». Si 74 años después de su muerte tenemos la oportunidad de otorgarle el reconocimiento que se merece y recuperar su legado gracias a este libro, no deberíamos dejarla pasar. 

Gracias, Kirmen, seguiré leyéndote.

Gracias, lector/a por haber llegado hasta aquí. 

PD: En la novela aparecen algunas canciones, te dejo esta que me encanta: People have the power. 




 

miércoles, 18 de mayo de 2022

Malasanta, la dolorosa belleza de la literatura

Sevilla, 26 de abril de 2022


«El arte de escribir consiste en decir mucho con pocas palabras». Antón Chéjov.

«Si el libro que leemos no nos despierta de un puñetazo en el cráneo, ¿para qué leerlo? Un libro tiene que ser un hacha que rompa el mar de hielo que llevamos dentro». Franz Kafka.


Les cojo prestadas las frases a Chéjov y Kafka porque expresan, mejor de lo que yo podré hacer, dos de las cualidades del arte literario del autor de Malasanta. No hace falta escribir ni 500 ni 900 páginas para que un libro sea monumental; y sí, es necesario llamar a las cosas por su nombre para que la lectura nos despierte de un puñetazo en el cráneo y nos deshiele, si no ¿para qué leer? 

Me declaro absolutamente adicta a la literatura que «duele», porque los libros que más me han dolido son los que me han calado, los que me han hecho ver el mundo de otra manera, los que se han quedado dentro de mí y forman parte de mi vida. Estos libros son los que han hecho que yo ame la literatura y su capacidad de transformar la realidad. Y Malasanta ya es uno de ellos. 

«En menos de veinte minutos, Malasanta ya había sido expulsada a un mundo en el que los momentos de felicidad habrían de ser la excepción».

Malasanta... Qué personaje ha creado Tocornal. Qué personajes han cobrado vida de una forma tan excepcional basados, estoy segura, en personas reales que podríamos ver, si mirásemos bien, a nuestro alrededor: Dámasa la Tuerta, Niño Truncado, Modesto Baldío, Candela (y todas las Candelas naranjas), Cándido Fogoso, Próspero el Polilla o, mi nombre favorito, Anhelo Truncado. Cómo se puede ser tan inteligente para describir un personaje sin describirlo. Aquí lo tenemos. 

Malasanta, la novela, nos lleva a través de seis cortes transversales de la vida de su protagonista a conocer lo más sórdido de la cara sórdida de esta realidad que compartimos con los desheredados, los proscritos, los que a pocos importan. Se comenta mucho si el autor se ha pasado de dureza, si ha usado un lenguaje demasiado crudo. En mi humilde opinión de lectora creo que Antonio ha acertado de pleno escribiendo la novela como lo ha hecho. ¿De qué otra manera se puede escribir si escribes sobre lo que no se habla, sobre lo que se oculta debajo de muchas alfombras? ¿Cómo se puede dar voz a los olvidados y visibilizar una realidad que no queremos mirar? Creo que es necesario que se construya en el lector ese huracán de emociones, que nos enfrentemos a las imágenes brutales que desfilan en el libro sin tibieza para que podamos reflexionar sobre el mundo que tenemos y la existencia cruel a la que están abocadas muchas personas. En 2020 en nuestro país se suicidaron 11 personas al día, más que nunca en la historia. Es una cifra que me da escalofríos porque es un reflejo de la debacle social en la que estamos inmersos, de la pérdida de valores, de la pérdida del sentido de la vida. Si libros como Malasanta (crudos, duros, que te revuelven las tripas) hacen que salte una chispa dentro de nosotros y miremos a nuestro alrededor de otra manera, más empática y solidaria... bienvenidos, por supuesto. 

«Y la niña Malasanta supo que durante toda su vida se había estado preparando para vivir la sordidez más despiadada, y que estaba preparada para ello, pero que estaba muy lejos de saber cómo enfrentarse a la belleza y sobrevivirla».

Sin embargo, no solo de dureza vive esta novela. Si lees con atención, en cada una de las edades de Malasanta encontrarás un rayo de luz, de belleza, esa dolorosa belleza que va a hacer eterna esta historia. En medio de lo más oscuro, si no te dejas arrastrar por la fealdad, pueden aparecer instantes de esperanza y de mucho humor: una historia de amor juvenil, un ratito acurrucada con las amigas en un sofá, una foto de polaroid fingiendo un momento que hubiera sido inolvidable, o una alacena en la que encontrar los mejores sabores eróticos. 

Además, Antonio ha sido muy generoso con sus lectores, con los lectores de sus anteriores novelas. No he podido dejar de sonreír al volver a Las Almazaras o al toparme con el inolvidable guardafaros de Roque Espino que se asoma en las páginas de Malasanta sin disimular. 

Tuve la gran fortuna de conocer a Antonio en la presentación de su libro en Sevilla, y puedo decir que me emocionó su forma de hablar sobre la literatura, tan cercana a lo que siempre he pensado. Me encantó que nos contara pinceladas sobre su proceso creativo y sobre el nacimiento de Malasanta. Si tienes la oportunidad de acudir a una de sus presentaciones no lo dudes ni un instante, te vas a encontrar a un autor honesto y auténtico, alejado a años luz de los supuestos «movimientos literarios» súper ventas liderados por tiktokers, youtubers, etc., pero tan cercano a los mejores autores inmortales de la historia de nuestra literatura, y... qué suerte tenemos de compartir época con él. 

No dejes de leer a Antonio Tocornal, no dejes de leer Malasanta. No los vas a olvidar. 

Antonio, gracias por tu literatura. Ojalá estas palabras sirvan para expresar mi admiración y gratitud.

Gracias, lector, por llegar hasta aquí.

PD: Te dejo el enlace a una de las reseñas más hermosas que he leído sobre un libro, una reseña de Gabriel Bertotti dedicada a Malasanta. Malasanta en apnea.